Miedo. Stefan Zweig.

Mirella García Lucas

Durante los años 20 y 30 del siglo XX, Stefan Zweig fue uno de los escritores más populares y traducidos de la literatura europea. Nacido en 1881 en el seno de una familia acaudalada de origen judío, creció y más tarde desarrolló su obra en aquella Viena cosmopolita y en constante ebullición cultural que también albergó a intelectuales de la talla de Sigmund Freud, Arthur Schnitzer, Max Reinhardt o Ludwig Wittgenstein. Prolífico y polifacético como la ciudad que lo vio nacer, la obra de Zweig es amplia y variada y se ramifica en diversidad de géneros: desde traducciones de Verlaine y Baudelaire hasta obras de teatro, pasando por novelas, relatos breves, ensayos, volúmenes de poesía y varias biografías (las más populares, aquellas que dedicó a reinas europeas de final trágico, como su conocida biografía de María Estuardo, o su retrato de María Antonieta, llevada al cine por Hollywood en 1938). Su última obra escrita fue su propia autobiografía, El mundo de ayer. Memorias de un europeo, terminada poco antes de su suicidio en 1942 en Brasil, país donde se había establecido en su huida del régimen nazi y del caos y el horror que se habían apoderado de su otrora amada Europa.

Testigo ejemplar de la Europa de entre guerras, Zweig narra magistralmente la realidad cotidiana de las clases medias y altas de la época. Contemporáneo y amigo de Freud, sus relatos y novelas se caracterizan por un complejo pero sutil análisis psicológico de los personajes, y en especial de los personajes femeninos, protagonistas de sus obras más célebres, como Carta de una desconocida o Veinticuatro horas en la vida de una mujer (editadas en nuestro país por Acantilado, que está realizando una admirable labor en la recuperación de la obra de Zweig en castellano).
Y es también una mujer la protagonista de otra de sus novelas cortas, quizá no tan conocida pero igualmente recomendable, Miedo, escrita en 1913 pero publicada casi una década más tarde, en 1923. En Miedo, Irene es una joven de clase alta que se acerca a la treintena, casada con un abogado de ideas liberales, uno de los más reputados de la ciudad. Con sus dos hijos al cuidado de institutrices y niñeras, y una corte de criados y mayordomos haciéndose cargo de su casa, Irene dedica su frívola existencia a actividades mundanas tales como las visitas al teatro, la ópera, los bailes y las fiestas en casas de la alta sociedad vienesa. Y más por rutina que por verdadero placer o interés, toma como amante a un joven pianista que conoce en una de sus veladas sociales. Como una Madame Bovary de principios del XX, Irene, aburrida de una existencia rutinaria y sin alicientes, busca en el placer extramatrimonial aquellas emociones que su vida bienestante no puede darle. Solo que, en palabras de Zweig, Irene es una de esas mujeres tan profundamente burguesas que

“ponen orden incluso en el adulterio y diluyen, con paciencia, los sentimientos más inconfesables en la cotidianidad más banal. […] Tener un amante no cambió nada de la existencia plácida y rutinaria de Irene, y contribuyó a incrementar su felicidad moderada, como un tercer hijo o un automóvil nuevo, y la aventura no tardó en parecerle tan banal como sus placeres lícitos”.

Hasta que un hecho inesperado trastoca por completo esa “plácida y rutinaria existencia”. Una tarde, mientras Irene sale clandestinamente del apartamento de su amante, es abordada por una mujer desconocida que la acusa de haberle robado “a su hombre”. La mujer afirma ser la antigua amante del pianista, abandonada en favor de Irene, y en compensación por la pérdida de su antiguo amor, exige a Irene el pago de una cuantiosa suma de dinero, que Irene paga de inmediato con la irracional esperanza de que de esa manera se librará de su chantajista. Pero esto no será tan fácil, y el encuentro marcará el descenso de Irene en una espiral interminable de angustia y de pavor. La mujer descubrirá quién es y dónde vive, e irá incrementando sus demandas de chantaje. La posibilidad de que su marido se entere de su infidelidad y perder con ello todo aquello que posee – su familia, su hogar, su reputación y su estatus social – sumirá a la protagonista en una pesadilla continua.
Y como sucede en la mayoría de las obras de Zweig, esta trama melodramática, casi de folletín, se convierte en una excusa para que el autor realice un análisis minucioso de la psique de sus protagonistas. El chantaje abocará a Irene al miedo, pero también a la revelación: solo a partir de su encuentro con la mujer que la amenaza se enfrentará Irene a sus propios actos y a las consecuencias que de ellos se derivan. El pavor a perder su modo de vida tal como lo conocía la llevará a descubrir la propia vacuidad de su existencia: que en realidad nada sabe sobre ese hombre con el que lleva casada más de ocho años; que sus hijos pasan más tiempo – y por tanto sienten más afinidad afectiva – con la institutriz que con ella; que su amante se ve con otras mujeres; y que si se queda en casa una mañana en vez de salir a hacer sus visitas sociales, estorba en su propio hogar. En ese sentido, Miedo se puede interpretar también, desde una perspectiva de género, como una sutil crítica a la posición de la mujer en una sociedad en que su posición y su respetabilidad dependían enteramente de las decisiones de un hombre. Sin otro cometido ni ocupación en la vida que ser esposa de, Irene se siente tan desesperada ante la idea de que su marido se entere de su aventura y la repudie, que llega a plantearse el suicidio.

Sin embargo, Miedo no es tan solo un relato sobre el temor, sino también sobre la culpa, la conciencia y la manipulación psicológica. Zweig es a menudo ambiguo sobre si la angustia que siente la protagonista es provocada por el miedo a perderlo todo o, en cambio, por la culpabilidad y la vergüenza que siente al haber traicionado a su esposo.

¿Se sentiría mejor Irene si se enfrentara a la chantajista, se sincerara con su esposo y asumiera sus actos? ¿Es su preocupación fruto del miedo, de la conciencia o de la cobardía?

En ese sentido, el título original de la novela, Angst – palabra que significa “temor”, “miedo”, pero también “angustia” o “ansiedad” – describe mucho mejor que el título en castellano los sentimientos de la protagonista ante la situación en que se encuentra. Una situación que se resolverá en un final en principio sorprendente – pero a la vez insinuado por Zweig a lo largo de la obra – y un tanto abierto, que no hará sino reafirmar la impostura de la vida y el entorno de la protagonista. Ese entorno burgués y plácido que tanto miedo tenía de perder, y que solo se le revelará en toda su autenticidad (y, lo que es lo mismo, en todo su engaño) al final de su periplo, poniendo en entredicho así, en cierto modo, el sentido de tanto sufrimiento.

Ilustración: Ramón Casas

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