El director

Por fin ha llegado a nuestras manos el libro del que todo el mundo hablaba hace unos meses, El director, de David Jiménez, periodista que dirigió El mundo entre 2015 y 2016. Leer este libro es un ejercicio que provoca asombro y espanto a partes iguales, pero que sin duda recomendaría a cualquiera que quiera saber cómo funcionan los medios de comunicación en nuestro país.
Jiménez contaba con una larga carrera de casi veinte años de experiencia como periodista antes de asumir la dirección de El mundo: entró de becario en el periódico, fue reportero de guerra y enviado especial en Asia, donde cubrió importantes conflictos y revoluciones. Tras el largo mandato de Pedro J. Ramírez y el breve de García-Abadillo, recurrieron a él para encargarle la transformación digital del periódico y sacarlo a flote de la crisis en la que se hallaba, un mal común en la mayoría de medios de comunicación impresos.
Según el relato de Jiménez, durante el tiempo que duró su cargo en el periódico se vio sometido a fuertes presiones -ejercidas a través del consejero delegado de la empresa propietaria de El mundo-, que pretendían influir directamente en su línea editorial sin disimulo alguno, obedeciendo a intereses privados ajenos totalmente al periodismo y, por supuesto, a la ética periodística.
Este libro abre el melón –podrido- del modelo de negocio de los medios de comunicación en nuestro país, que, al depender para su subsistencia de la publicidad de grandes empresas, mantienen un compromiso con estas que impide su posicionamiento objetivo ante la realidad. Esto es lo que Jiménez denomina en su libro Los Acuerdos, un pacto no escrito, al margen de los contratos publicitarios con las empresas importantes del IBEX 35, según el cual el periódico se compromete a tratarlas bien.


El grado de sumisión dependía, en el caso de la prensa escrita, de la beligerancia de la empresa y de la capacidad de resistencia del director de turno. Ahora que me encontraba en el otro lado de la barrera, me preguntaba si mantendría mi decoro periodístico con la misma determinación que cuando era un simple reportero sin responsabilidad en la marcha del periódico. El diario vivía la situación financiera más delicada de su historia y no podía permitirse perder las campañas de sus principales anunciantes.


Pero los compromisos no se establecen solo con las empresas, sino también con el poder político, como detalla Jiménez en sus páginas. Este cuenta, por ejemplo, que Florentino Pérez decidió directamente el despido de un periodista crítico con el Real Madrid; que la vicepresidenta del gobierno sentaba en las tertulias televisivas a periodistas afines; que el presidente del gobierno le llamó personalmente para pedirle que fuera suave en su cobertura sobre la política catalana; cuenta cómo se descubrió la implicación del Ministro Soria en los Papeles de Jersey y cómo se intentó frenar su publicación, la relación que tenía el periódico con Villarejo y las cloacas del estado y otro sinfín de tejemanejes que hielan la sangre.

Los sobresueldos para informadores estaban ahora a la orden del día, pagados por agencias de comunicación, clubes de fútbol, partidos políticos y grandes empresas como Telefónica, que durante la presidencia de César Alierta llegó a tener subvencionados a 80 de los más conocidos informadores del país. […] Comprarse un periodista no era posible en España, pero como dice el dicho afgano sobre la corrupción: del alquiler se podía hablar.

Además del valor testimonial del libro y de la revelación incesante de las manipulaciones del poder, su lectura engancha como si de un culebrón se tratase. La prosa ágil y eficaz de Jiménez nos mete de lleno en la vida de una redacción y el flujo de trabajo de sus periodistas, a los que no es difícil identificar bajo los seudónimos que emplea el autor. Con todos estos ingredientes, no es de extrañar que ya se esté fraguando la versión televisiva del libro.
Tras la aparición de El director, a Jiménez se le acusó de haber realizado un ajuste de cuentas tras su despido y de presentarse a sí mismo como un hombre íntegro e incorruptible, más allá de lo creíble en alguien que ha ocupado un puesto como el suyo, frente a la falta de ética del resto. Estos argumentos, aun pudiendo tener algo de verdad –cuestión que solo los implicados podrán conocer-, no restan un ápice de importancia al escándalo: el modelo corrupto de negocio dominante en la mayoría de medios de comunicación españoles.

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