El maestro invita a un concierto. Leonard Bernstein

“La música nunca trata de cosas. La música simplemente es.”

Leonard Bernstein fue uno de los más grandes compositores y directores de orquesta del siglo XX. Pero no solo eso. El primer gran director norteamericano es un referente mundial al abarcar facetas como la de gran pianista, compositor de musicales y bandas sonoras de películas de éxito. Además poseía excelentes dotes pedagógicas que le permitieron acercar la música clásica a los adolescentes y que hicieron de él un gran divulgador musical.

De origen judío y con raíces ucranianas, descubrió pronto su pasión por la música, recibiendo su primera oportunidad importante siendo director asistente de la Orquesta Filarmónica de Nueva York. El 14 de noviembre de 1943, Bernstein fue avisado de que el director invitado para aquel día, el prestigioso Bruno Walter, estaba enfermo, y le pidieron a él que dirigiera el concierto de la tarde. El excelente resultado con una pieza complicada sin apenas haber ensayado, le valió el respeto inmediato de músicos y público. A partir de ahí su carrera iría progresando hasta dirigir las orquestas más prestigiosas del mundo, como puedan ser la Filarmónica de Nueva York, o la de Viena. Además Bernstein intentó popularizar la música clásica a través de conciertos televisados que retransmitió la cadena CBS desde 1958 y 1972 que se denominaban Conciertos para jóvenes.

El libro que hoy recomendamos es un ejemplo de su capacidad para acercar la música clásica al público general. El maestro invita a un concierto, editado por Siruela, es una obra teóricamente dirigida al público juvenil, pero que cualquier lector disfrutará mientras aprende a escuchar piezas cumbre de la música clásica. Bernstein explica a lo largo de sus páginas qué es una sinfonía, una sonata o un concierto. Para ello se ayuda de pasajes de compositores como Sibelius, Bach, o Beethoven; pero también se apoya en música popular como el jazz para explicarnos el concepto de variación, el rock&roll de Elvis o la música de Bob Dylan. Sus excelsos conocimientos, no sólo musicales, le llevan a proponer analogías entre la lengua de un país y su música; o analogías entre el color, la luz y  los acordes musicales.

Si os ha interesado este libro, podéis encontrarlo en la Biblioteca Central de la UNED con la signatura 78BER.

Imagen de cabecera: Mark Solarski 

50 años sin León Felipe

Antonio Ortega

Este año se cumplen cincuenta años de la muerte de León Felipe (Tábara, Zamora, 1884-México D.F., 1968), poeta que fue profético y prometeico, tan franco como desgarrado, y siempre una figura incómoda enfrentada a todos los dogmas y preceptos, desdeñoso de la beatería hipócrita. Un escritor valiente, dueño de una curiosidad existencial sin parangón, sediento siempre de una generosa y humilde sencillez. Y tremendamente contemporáneo en cualquier tiempo y estación, en cualquier momento y situación histórica. Como ha dejado dicho Alejandro Finisterre, “Si alguien ha querido clasificar como poeta a León Felipe ha perdido el tiempo. León Felipe no es un poeta clásico ni tampoco romántico. Ni tradicional ni vanguardista. Ni de ayer ni de hoy. Es un poeta de siempre y de nunca. De todas las escuelas y de ninguna. León Felipe, gran poeta, fue lo contrario de un hombre de letras. No escribió para producir un sentimiento estético, aunque lo produjera, y de mucha hondura, sino para expresar una agonía: la suya propia, acaso la de otros muchos hombres”.

Eso lo sabía bien el poeta, que lo dejó convenientemente claro con sus propias palabras:

“Para mí, la poesía no es más que un sistema luminoso de señales. Hogueras que encendemos aquí abajo, entre tinieblas encontradas, para que alguien nos vea, para que no nos olviden. ¡Aquí estamos, Señor! Y todo lo que hay en el mundo es mío y valedero para entrar en un poema, para alimentar una fogata. Todo. Hasta lo literario, como arda y se queme. Y no vale menos un proverbio rodado que una imagen virginal; un versículo de la Revelación que el último slang de las alcantarillas. Todo buen combustible es material poético excelente. Sé que en mi palomar hay palomas forasteras –decía Nietzsche–, pero se estremecen cuando les pongo la mano encima. Lo importante es este fuego que lo conmueve todo por igual –lo que viene en el Viento y lo que está en mis entrañas–, este fuego que lo enciende, que lo funde, que lo organiza todo en una arquitectura luminosa, en un guiño flamígero bajo las estrellas impasibles. Y que no diga ya nadie: está fórmula es vieja y vernácula y aquella otra es nueva y extranjera, porque no ha habido nunca más que una sola fórmula para componer un poema: la fórmula de Prometeo”.

León Felipe contaba treinta y seis años cuando en 1920 ve publicado el primer libro de sus Versos y oraciones de caminante, un año encerrado entre dos grandes grupos de poetas y escritores, los autores de la generación del 98 y los poetas de la generación del 27. Queda pues navegando entre dos aguas, un nebuloso espacio que quedará olvidado gracias a la evolución de una obra que le hará convertirse en uno de los poetas más singulares de nuestras letras. Ese espacio de transición meramente cronológico es al que la hispanista Biruté Ciplijauskaité se refiere como la generación de “en medio”, un grupo de escritores (José Moreno Villa, Ramón de Basterra o incluso Ramón Gómez de la Serna) en los que percibimos que son creadores de una escritura que se manifiesta “contra la retórica, contra la artificiosidad del modernismo, contra la separación entre la vida y el arte”, pues para ser poeta, “no hay que ser artista, sino hombre”, de ahí su necesidad de reclamar la sencillez. Lo que hace al poema es la sinceridad y el acento personal.

Es Luis Cernuda el que destaca que León Felipe entronca muy directamente con la tradición semítico-bíblica, para la que el poeta es, en palabras del propio Cernuda, “un profeta y no un artista; un profeta, no tanto en el sentido de videncia, sino de dirigente”. Esa poética comprada al proceder de los profetas, queda bien clara en unos versos incluidos en su libro Llamadme publicano, donde viene a señalar lo que él entiende por verdadera poesía, una donde las metáforas no son verbales, pues al implicar directamente al hombre no se quedan en un mero juego de palabras, y en unos versos donde casi hace un ruego y pide: “Poetas… hablemos con decencia… / y usemos la metáfora / con sabiduría / y con respeto”. La sabiduría y el respeto necesarios para mostrar así la realidad a través del poema. En ese mismo libro arriba citado, vuelve a insistir en calificar de “poeta mayor” a “ese que todos conocéis y veneráis / y que lleva una corona de espinas en la frente”.

Su vida y su escritura fue y es ejemplo para muchos de los grandes místicos y políticos revolucionarios (en la mochila del Che Guevara sus asesinos encontraron un poema de León Felipe transcrito de su puño y letras), pues al fin y al cabo en lo político, como bien dice de nuevo Alejandro Finisterre, siempre fue “el apóstol de la unidad revolucionaria. Hoy estaría, como siempre, con la concordia, pero como siempre también con la justicia por encima de todo. Con la concordia, pero no con la componenda”. Este colosal, para algunos, poetas del éxodo y del llanto, que fue poeta y profeta, payaso y caminante, domador y titiritero de las palabras, y hombre inquebrantable, murió un 18 de septiembre de 1968, a los ochenta y cuatro años de edad, en México, tras cincuenta años de actividad intelectual y treinta años de exilio, lejos de la luz de España que tanto echó de menos y que tanto amó. León Felipe representa un eslabón único de esa tradición de la llamada poesía impura, una tarea que le costó el exilio y casi la locura, pues a él se debe, junto a otros, que la poesía española del siglo XX no perdiera del todo el aliento humano. Como dice en el “Prologo” de su libro El payaso de las bofetadas y el pescador de caña (1938):

“Esto no es un discurso. Es un poema. Un poema trágico. Un poema nacido sobre la vieja sangre de España, con unas notas exegéticas. Todo él, la prosa y verso, cae y se cierra bajo la misma curva poemática. No es un discurso, repito. Es un poema. Pero el poeta es un hombre responsable. Más responsable que el orador, simplemente. Tan responsable como el maestro, como el gobernante, como el líder. El poeta es el Gran Responsable. Y cuando los dioses pregunten un día enfurecidos ¿quién ha escrito esto? el poeta responderá: yo lo he escrito; y no bajará la cabeza. No se puede decir, nadie puede decir: “el poeta vive fuera de la realidad”.

Esta frase la han inventado unos hombres de vida subterránea para confundir a las gentes.

Amigos: no os dejéis engañar. El poeta habla desde el nivel exacto del hombre. Y los que se imaginan que habla desde las nubes, son aquellos que escuchan siempre desde el fondo de un pozo. Venid conmigo y haced un poco de silencio para ver si esta voz que yo traigo está afinada en el justo tono del hombre”.