Madres hay más de una

La maternidad, ese gran tema que tantas horas de reflexión, terapia, películas, tratados antropológicos, etc., ha generado. La trascendencia simbólica de la figura de la madre, al igual que la del padre, nos ha decidido a recopilar una serie de novelas que de una u otra manera hablan de la maternidad. Tienen en común todas ellas que lo hacen desde un punto de vista diferente a la tradicional caracterización de la madre entregada y con un amor sacrificado e incondicional hacia el hijo.

portada_el-club-de-los-mentirosos_web2-500x775.pngEmpezamos con El club de los mentirosos, de Mary Karr. Aunque la autora de estas singulares memorias afirma que todas las familias con más de un miembro son disfuncionales, este peculiar libro demuestra que no todas lo son en la misma medida. En El club de los mentirosos es Mary la que cuenta, en base a sus recuerdos, desordenados e incompletos, cómo es crecer con una madre caótica, llena de matrimonios, secretos, alcohol y desorden. Con una narrativa muy ágil e ingeniosa, Mary ha escrito unas memorias más que recomendables en las que pasamos de la risa a la conmoción, sin rastro alguno de autocompasión. A pesar de todo lo vivido, El club de los mentirosos rezuma amor por todos los miembros de su disfuncional familia.

No ocurre lo mismo en Tierra madre, de Paul Theroux. Conocido principalmente por su literatura de viajes, en esta novela ajusta cuentas afectivas con su memoria familiar, particularmente con la gran protagonista: la Madre. La novela, con claros tintes autobiográficos, en la que el narrador, JP, parece encarnar a Theroux, escritor como él de literatura de viajes, nacido también en Massachusetts aunque con peor suerte, retrata a una mujer enigmática y cruel que manipula a su marido y a sus siete hijos.  Lejos de ensalzar la figura materna, se vale de la ficción para vilipendiarla, dibujando una madre despótica y controladora, que manipula la relación entre los hermanos, capaz de provocar el conflicto entre ellos y llevarlo hasta las últimas consecuencias, con el único propósito de mantener su poder en la familia. Al igual que ocurría en El club de los mentirosos, fruto de todo ello se producen situaciones entre los hermanos que llegan a la tragicomedia.

Nuestra siguiente recomendación es Beloved, de Toni Morrison, escritora estadounidense que recibió el Premio Nobel de Literatura en el año 1993. Durante la Guerra de Secesión estadounidense, una esclava afroamericana embarazada de su amo escapa junto a su otra hija de 2 años, dirigiéndose a Cincinnati. Tras una huida que dura 28 días, el amo de Sethe, avalado por la Ley de esclavos fugitivos, reclama su retorno. Ante la perspectiva de tener que regresar a la esclavitud y condenar a la misma vida miserable a su hija de dos años, Sethe opta por una decisión dramática que la acompañará toda la vida. Tras el final de la guerra civil, llevará una nueva vida como mujer libre. Sin embargo, los terribles recuerdos harán que no pueda enterrar el pasado, particularmente en lo tocante a su condición de madre.

Una maternidad afectivamente inexistente es la que vive Mary en El color de la leche, de Nell Leyshon, con respecto a su progenitora. Esta breve novela nos sitúa en la Inglaterra rural de 1830, donde Mary, la menor de cuatro hermanas y con una cojera, vive bajo el férreo yugo paterno junto a su madre y su abuelo. Despreciadas por ser hijas y no hijos, todas trabajan duramente en la granja familiar hasta que Mary es llevada a la casa del vicario para encargarse de la enferma mujer de éste. Allí descubrirá un nuevo mundo al aprender a leer y escribir. Este argumento que parece una historia ya leída, no lo es ni por su enfoque, ni  su narración, ni por la evolución de la historia. Contada en primera persona por la propia Mary a modo de diario o confesión, utiliza el lenguaje que emplearía alguien que no domina la escritura. Es una historia de miseria y lucha que consigue sobrecoger. La violencia será la respuesta ante los abusos acumulados de una vida de sufrimiento sin capacidad de elección.

Una novela de la que ya os hablamos en El Marcapáginas y que ahora recuperamos es El quinto hijo de la también Premio Nobel de Literatura en 2007, Doris Lessing. En ella encontraremos la evolución de una madre de familia numerosa cuya felicidad en su papel de esposa y cuidadora del hogar se ve completamente perturbada con el nacimiento del extraño quinto hijo.

Cerramos esta entrada sobre la maternidad con Tenemos que hablar de Kevin, de Lionel Shiver. Eva, la madre protagonista, reflexiona a lo largo de cartas dirigidas a su marido y padre de Kevin, sobre cómo era su vida previa a la maternidad; o cómo se sintió arrastrada a un embarazo casi ajeno por el deseo de él. Pero las mayores dudas comenzarán tras el nacimiento de Kevin, ya que una vez lo tiene en sus brazos no encontrará en sí ese amor entregado que se supone siente toda madre al tener a su lado a su hijo. Además, como en el caso de El quinto hijo, Kevin es desde el principio un bebé difícil, que se convertirá en un niño insensible y terminará convertido en un adolescente asesino. A través de las reflexiones de Eva, la autora nos hará cuestionar la maternidad feliz obligada, o la plenitud que debe suponer la llegada de un hijo; pero también cómo se forja la mente de un sociópata y el problema de la violencia y el acceso a las armas en EEUU.

La novela de amor o romántica

Ana Parra
Créditos imagen: Dianne Lacourciere, licencia CC

En el Día de las Escritoras en el que se conmemora el legado de las mismas y se intenta hacer visible su obra, me gustaría hacer una pequeño apunte sobre obras escritas en su mayoría por mujeres y que van dirigidas, principalmente, a mujeres: las novelas de amor. Es un género de literatura que en la actualidad mueve millones. No hay nada más que ir a la playa, montar en transporte público o fisgar dentro del índice de un libro electrónico para confirmar aquello que, mal que pese a los críticos literarios, se ve en las listas de los libros más vendidos. No voy a cuestionar la calidad de este género, pues para detractores ya dio buena cuenta de ello George Eliot (1819-1880) en su pequeño ensayo “Las novelas tontas de ciertas damas novelistas“. Para fervientes defensores de estas lecturas me remito a las listas de ventas y firmas de libros. Pero sí me gustaría resaltar algo que tanto Eliot, como anteriormente Jane Austen (1775-1817), en cierto sentido Charlotte Brönte (1816-1855) en Jane Eyre y, más adelante, Virginia Woolf (1882-1941) en Una habitación propia ponen de manifiesto: la vulnerabilidad de la mujer en la sociedad cuando no tiene recursos, pues está sometida aún más a la hipocresía de las convenciones sociales. Es verdad que las novelas de Jane Austen nos muestran uno de los mayores problemas de la humanidad, la falta de comunicación. Sin embargo, al terminar la lectura, solo nos quedamos con la idea del final feliz donde la chica pobre (o no) se casa con un hombre maravilloso (o no) con el que será feliz hasta el final de sus días. Los problemas de incomunicación y crítica social se borran de nuestra mente ante tanto triunfo del amor. Las protagonistas femeninas de Jane Austen no trabajan, están relegadas a las labores del hogar y su independencia económica depende de la riqueza de sus padres o de conseguir un buen marido. Jane Eyre, por el contrario, sí tiene trabajo. Un trabajo de chica pobre, pero con estudios; Jane Eyre es institutriz y se enamorará de un hombre rico y atormentado, y, después de sufrir varias penalidades, se volverán a unir para siempre.

Es cierto que el papel de la mujer estaba demasiado acotado, pero resulta cuando menos curioso que sea un hombre, Adalbert Stifter (1805-1868), nada menos, el que nos presente una novela corta, Brigitta, con más sustancia de lo que pudiera parecer. En esta novela hay un intercambio de papeles: el personaje fuerte e inteligente, capataz de su propia granja, es ella; el personaje guapo y más vulnerable, es él. ¿El desenlace? Merece la pena leerlo para averiguarlo. Hay otro matiz que aporta la novela de Brigitta y que las novelas actuales apenas consideran con el consiguiente perjuicio que, sin darnos cuenta, va calando en la sociedad. En Brigitta no hay la idea de necesidad del otro, de posesión, de pertenencia total hacia la otra persona que se puede atisbar en Jane Eyre. Brigitta no necesita al protagonista masculino para ser feliz. Ella ya es feliz, su amor le reporta mayor dicha sí, pero su pérdida no paraliza ni impide que ella siga su camino.

En las novelas actuales de amor, los personajes protagonistas  ya no se ajustan a los cánones tan decimonónicos de cuello de cisne y cinturas de avispas, ojos de infarto, mente lúcida y elocuencia. Como trabajan, tienen independencia económica, aunque no hay trasgresión en el aspecto laboral; se siguen ocupando puestos ya asumidos socialmente. Es verdad que el contenido sexual en este tipo de género ha aumentado. Sin embargo, la verdadera transgresión sería encontrar en este tipo de novelas un concepto de amor donde no haya que ser medias naranjas, sino que uno ya sea una naranja entera.

El quinto hijo, Doris Lessing

Beatriz Tejada Carrasco
El quinto hijo es la historia de una pareja británica que en los años setenta se enamora, se casa y decide tener una vida tradicional perfecta, con muchos hijos criados en un hogar acogedor, y con la mujer dedicada íntegramente a las labores familiares. Para llevar a cabo esta vida ya obsoleta en la sociedad en la que viven, compran una vieja casa enorme en un pueblo de las afueras de Londres, y comienzan a tener hijos ininterrumpidamente hasta un número de cuatro, siendo plenamente felices. A pesar del recelo inicial de sus familiares, Harriet y David son felices, felices abriendo habitación tras habitación y acogiendo en su hogar a los parientes que disfrutan allí de estancias vacacionales a lo largo del año.
Este feliz equilibrio se rompe cuando se anuncia la llegada del quinto hijo. Desde el comienzo, Harriet, la esposa y prolífera madre, advierte que su embarazo no está siendo como los demás. El feto se mueve con una fuerza excepcional impidiéndole descansar, sumiéndola en la preocupación y el miedo, y despertando en ella un oscuro deseo no verbalizable: desprenderse de él. Parece que todo alrededor de ella está cambiando; incluso su actitud cariñosa con respecto a David, el marido, se vuelve intolerante.
Ese niño, Ben, será el elemento de ruptura del perfecto modelo familiar del que disfrutaban. Su fuerza física y sus intenciones malévolas le convierten en un extraño del que todos recelan: sus hermanos le temen y huyen de él; los parientes que frecuentaban la casa van dejando de acudir al hogar conforme Ben crece; el padre lo rechaza como hijo. Y sin embargo, por mucho que intentan que un facultativo reconozca su extrañeza, su retraso mental, su naturaleza maléfica, no obtienen diagnóstico alguno. Es por ello que cabe preguntarse si Ben sufre realmente una mutación, una regresión genética, como percibe su madre, o si es Harriet la que ya no quiere la vida familiar diseñada, y el rechazo es fruto de su insconciente, de un deseo que no puede afrontar, y de ahí su intermitencia en cuidarle o dejarle en un extraño centro para enfermos mentales. O si es la familia al completo la que rechaza la diferencia y no puede dar un lugar al nuevo hermano que no responde al modelo preconcebido. Si la obstinación de la familia en la perfección no hubiera sido tan persistente, tal vez Ben hubiera podido integrarse y continuar unidos. Pero esta opción no es posible y la familia se desmorona definitivamente, hasta llegar al final de la narración, con una Harriet sentada a la gran mesa de la cocina, epicentro de lo que fue una vida feliz, pensando en dónde estará ese hijo al que por otra parte no quiere ver.