Piedra de sol. Octavio Paz (II).

Antonio Ortega

Libertad bajo palabra incluye cinco secciones o partes, a saber: Bajo tu clara sombra; Calamidades y milagros; Semillas para un himno; ¿Águila o sol?; y La estación violenta. En esta última se incluye Piedra de sol, un poema del que llegó a hacer varias ediciones, con sucesivas correcciones, omisiones y reposiciones. Quizás este sea el poema más ineludible de Octavio Paz, tanto que ha inspirado un sinnúmero de lecturas e interpretaciones. Sin duda alguna, siendo como es una de las más grandes construcciones de la modernidad hispanoamericana y uno de sus pilares fundacionales, es también uno de los pocos poemas que ha logrado transformar la modernidad creativa internacional. Una obra cuya importancia histórica es comparable, como defiende Pere Gimferrer, a la que La tierra baldía (The waste land) de T. S. Eliot ha tenido para la lengua inglesa.

Piedra de sol es un poema único y continuo, unitario, y a la vez circular, pues empieza y acaba del mismo modo y con los mismos versos. Un poema que hace suyas la interacción y la unidad de los contrarios, donde

“vislumbramos / nuestra unidad perdida, el desamparo / que es ser hombres, la gloria que es ser hombres / y compartir el pan, el sol, la muerte, / el olvidado asombro de estar vivos”.

 Según confesión del propio poeta, Piedra de sol refleja tres preocupaciones esenciales: su vida personal, las experiencias de su generación y la búsqueda de una visión del tiempo y de la vida. Historia, realidad y secreta intimidad juntas en un poema que hace suyos un tiempo y un espacio especiales en los que la experiencia es capaz de existir siempre, como esa nostalgia de nuestra esencial soledad humana que sus versos recrean constantemente:

“No hay nada en mí sino una larga herida, / una oquedad que ya nadie recorre, / presente sin ventanas, pensamiento / que vuelve, se repite, se refleja / y se pierde en su misma transparencia, / conciencia traspasada por un ojo / que se mira mirarse hasta anegarse / de claridad”.

Piedra de sol quiere captar el instante con palabras que a veces se quedan al borde del lenguaje, y por eso el poema viene a reflejar esa angustia propia de la búsqueda:

“busco sin encontrar, busco un instante, / un rostro de relámpago y tormenta / corriendo entre los árboles nocturnos / (…) busco sin encontrar, escribo a solas, / no hay nadie, cae el día, cae el año, / caigo en el instante, caigo a fondo, / invisible camino sobre espejos / que repiten mi imagen destrozada”.

Ese encuentro con el instante crea también una voz poética que, hasta ese momento desconocida, es capaz de desprenderse del sí mismo para adentrarse en ese “otro sí mismo”:

“arde el instante y son un solo rostro / los sucesivos rostros de la llama, / todos los nombre son un solo nombre, / todos los rostros son un solo rostro, / todos los siglos son un solo instante / y por todos los siglos de los siglos / cierra el paso al futuro un par de ojos”.

 Lo que este inolvidable poema logra ofrecernos es la visión de lo otro, de la incertidumbre de nuestra condición humana, pero no sólo ante la disyuntiva de la vida o la muerte, sino ante la posibilidad de una existencia total:

 “nunca la vida es nuestra, es de los otros, / la vida no es de nadie, todos somos / la vida -pan de sol para los otros, / los otros todos que nosotros somos-, / soy otro cuando soy, los actos míos / son más míos si son también de todos, / para que pueda ser he de ser otro, / salir de mí, buscarme entre los otros, / los otros que no son si yo no existo, / los otros que me dan plena existencia”. 

Toda experiencia de lo otro, es siempre una experiencia de nosotros mismos. De nuevo Pere Gimferrer viene a resumir la naturaleza de este gran poema: “Piedra de sol es una vasta metáfora de lo que esencialmente constituye la operación de la lectura de cualquier poema: un camino hacia un instante detenido, que rehacemos siempre del mismo modo, para ver siempre el mismo instante, cada vez que leemos de nuevo el poema”. Siempre en movimiento, el lector buscará la imagen de su propia vida, buscará la imagen de su propia fijeza. Quien lea este poema pronto sabrá que es una verdadera obra maestra, y que siempre será uno de los grandes poemas de la lengua castellana, gracias a unos versos tan irrepetibles que hacen irrepetible un poema “que exprime la sustancia de la vida”. José Emilio Pacheco, el recientemente fallecido Premio Cervantes, dijo una vez que guardaba tres ejemplares de Piedra de sol: “uno para leer, otro para releer y el último para ser enterrado con él”. Y seguro que así ha sido.

Octavio Paz. Piedra de sol. Barcelona: Mondadori, 1998. Lectura de Pere Gimferrer. Colección Lecturas de Poesía, 1.
Octavio Paz. Obras completas. Vol. VII. Obra poética (1935-1998). Barcelona : Galaxia Gutenberg : Círculo de Lectores, 1999-2005

Piedra de sol. Octavio Paz (I)

Antonio Ortega

Las Obras Completas de Octavio Paz (que pasa por ser una obra más entre las suyas en tanto que fue él mismo quien las preparó, organizando los libros, los artículos y una serie de textos sueltos que fue incorporando por temáticas) alcanzan en la edición de Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, nada menos que ocho extensos y gruesos volúmenes. Como le corresponde a quien fue, como afirma Elena Poniatowska, “un hombre que vivió para las letras”, queda claro que su legado es inmenso e indiscutible, y su obra entera el fruto de una labor de escritura que transitó todos los géneros, campos artísticos y literarios: poesía, ensayo, crítica, edición (fundador de dos revistas esenciales como fueron Plural y Vuelta), traducción… Una práctica de escritura que está hecha por un doble movimiento de decir y desdecir, donde la teoría, la reflexión y el pensamiento logran confirmación en los textos poéticos y más estrictamente literarios. Pero aún más allá, cada una de sus obras tiene la capacidad de ser y de hablar por ella misma, por encima incluso de las creencias y opiniones de su autor.
   
    Si hubiera que elegir de entre su monumental obra una en concreto, la tarea sería no ya difícil, sino casi imposible. Pero si Paz destaca en algo, sin por ello menospreciar cualquier otro desarrollo de su escritura, es por su obra poética y ensayística, muchas veces en pugna, pero ambas contribuyendo a hacer de su obra, y desde ella misma, un sistema propio y reconocible. Por eso es casi imposible decidirse por el Paz ensayista o por el Paz poeta, pues los dos se complementan, son las dos caras de una misma escritura. Ahí están para demostrarlo libros de ensayo, entre otros muchos, tan decisivos como El laberinto de la soledad (1950), El arco y la lira (1956), Los hijos del limo (1974), La llama doble (1993), Vislumbres de la India (1995), y sobre todo, como una luz ejemplar, Sor Juana Inés de la cruz o las trampas de la fe (1982). Pero por encima de todo, como bien afirma Julio Ortega, una poesía que “está escrita como si la poesía fuese el último de los sentidos”.

     Si otro grande como Rubén Darío había dicho “Yo busco una forma…”, es decir, la identidad del sujeto en el lenguaje, lo que Octavio Paz buscaba era, de nuevo en palabras de Julio Ortega, “un centro articulatorio, un afincamiento en el sentido, no sólo en la convicción poética, sino en una significación que hiciera del arte la verdadera conciencia del ser y del estar, del pensar y actuar, del hablar y callar”. Y a eso convocan sus grandes poemas, algunos ya ejes centrales de la literatura moderna, y entre ellos Libertad bajo palabra (1935-1957); Blanco (1966), un inmenso y grandísimo poema, escrito originalmente en tres columnas que permiten diferentes lecturas; Ladera este (1962-1968), que recoge su producción poética en la India, donde fue embajador de México; El mono gramático (1970), poema en prosa que funde reflexiones filosóficas, poéticas y amorosas; Pasado en claro (1974); o Árbol adentro (1976-1988), uno de sus últimos libros poéticos. El volumen VII de sus Obras Completas, dedicado a la poesía, incluye también, como no podía ser de otra manera, sus Versiones y Diversiones, que reúnen la totalidad de sus impagables e inolvidables traducciones, poemas a partir de otros poemas en otras lenguas que Paz hace y considera suyos.

México: un verano de libros y viajes

Leire Frisuelos

Este verano desde la Biblioteca Central os proponemos una serie de recorridos literarios por diferentes países. Cada semana elegiremos un país y seleccionaremos libros relacionados con él, todos ellos imprescindibles en vuestro equipaje si viajáis al destino seleccionado y, si no, también. Esta semana se la dedicamos a México.

Comenzamos con Confabulario definitivo, del autor mexicano Juan José Arreola. Este libro es una recopilación de cuentos breves dotados de una asombrosa capacidad para provocar inquietud en el lector, quien descubre al final del texto que nada era como se le había hecho creer hasta ese momento. En muchos de los cuentos el autor crea tensión e incertidumbre acudiendo a objetos y situaciones de la vida cotidiana, a primera vista banales, para mostrarnos que todo puede tener un lado perturbador. En otros, predomina el juego y la alegoría humorística y burlesca. En cualquier caso, no te dejarán indiferente.

La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida    indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible. (De “La migala”)

Uno de los clásicos que no puede faltar al hablar de este país es Pedro Páramo, de Juan Rulfo, única novela de este autor y obra cumbre de la narrativa latinoamericana del siglo XX. Publicada en 1955, esta magistral obra transcurre en  Comala, una pequeño pueblo mexicano situado “sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno”. Hasta aquí llega Juan Preciado en busca de su padre, un tal Pedro Páramo al que no conoce. En una atmósfera desértica y asfixiante, donde convergen los límites de lo real y lo irreal, asistimos a todo un entramado de historias, voces narrativas y saltos cronológicos que marcaron un antes y un después en la narrativa de su tiempo.

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo.

El gesticulador: pieza para demagogos en tres actos, es una obra de teatro escrita por Rodolfo Usigli en 1938. Cancelada por las autoridades al poco tiempo de su estreno, cuenta la historia de César Rubio, un profesor universitario al que confunden con un héroe desaparecido de la Revolución Mexicana. Ante esta situación, el profesor opta por no deshacer el equívoco y se hace pasar por el general revolucionario. La máscara adoptada le permite lanzar una feroz crítica contra el régimen político del momento a la vez que sirve para desencadenar el conflicto de la obra.

CÉSAR: “De modo que usted enseña historia latinoamericana, profesor?
BOLTON: Es mi pasión; pero me interesa especialmente la historia de México. Un país increíble, lleno de maravillas y de monstruos”.

Parada obligada es Octavio Paz y El laberinto de la soledad, uno de los ensayos más conocidos del famoso premio Nobel. Este texto es un excelente punto de partida para todo el que desee acercarse a la cultura mexicana. Paz reflexiona sobre las raíces e identidad del pueblo mexicano, sobre su esencia, sobre las características definitorias de la “mexicanidad”. Y además lo hace empleando un estilo poético en su justa medida, que provoca una lectura amena y aleja este ensayo de la aspereza que a veces se otorga al género.

La soledad, el sentimiento y conocimiento de que uno está solo, excluido del mundo, no es una característica exclusivamente mexicana

Bajo el volcán es la novela más famosa del autor inglés Malcolm Lowry, quien pasó parte importante de su vida en México. Protagonizada por el ex cónsul británico en este país, alcohólico al igual que Lowry y trasunto suyo en la novela. La acción se desarrolla en Cuernavaca en 1938, a lo largo de un viaje que tiene lugar en el día de difuntos. Viaje que acabará convirtiéndose en proceso de autodestrucción y descenso a los infiernos personales del protagonista-autor.

… palabras que, a pesar de que acaso eran un juicio inapelable, no producían, sin embargo,emoción alguna, salvo una suerte de agonía descolorida, fría, blanca; agonía tan helada como aquel helado mezcal que bebiera en el Hotel Canadá la mañana en que Yvonne se marchó.

Llegamos al final del trayecto con Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Desde la aparición de este libro en 1998, México y el autor chileno han quedado definitivamente unidos en el imaginario literario de todos sus lectores. México D.F. es testigo de las experiencias de los jóvenes poetas “real visceralistas”, a los que siempre recordaremos montados en el Impala blanco, surcando el desierto de Sonora en su viaje en pos de la poeta Cesárea Tinajero. No por casualidad esta novela ya había hecho aparición en El Marcapáginas.

… Y después Lima hizo una aseveración misteriosa. Según él, los actuales real visceralistas caminaban hacia atrás.¿Cómo hacia atrás?, pregunté.
De espaldas, mirando un punto pero alejándose de él, en línea recta hacia lo desconocido.

En el vestíbulo de la biblioteca encontrarás estos libros y muchos más, además de cine y música, que podrás llevarte en préstamo si lo deseas.