50 años sin León Felipe

Antonio Ortega

Este año se cumplen cincuenta años de la muerte de León Felipe (Tábara, Zamora, 1884-México D.F., 1968), poeta que fue profético y prometeico, tan franco como desgarrado, y siempre una figura incómoda enfrentada a todos los dogmas y preceptos, desdeñoso de la beatería hipócrita. Un escritor valiente, dueño de una curiosidad existencial sin parangón, sediento siempre de una generosa y humilde sencillez. Y tremendamente contemporáneo en cualquier tiempo y estación, en cualquier momento y situación histórica. Como ha dejado dicho Alejandro Finisterre, “Si alguien ha querido clasificar como poeta a León Felipe ha perdido el tiempo. León Felipe no es un poeta clásico ni tampoco romántico. Ni tradicional ni vanguardista. Ni de ayer ni de hoy. Es un poeta de siempre y de nunca. De todas las escuelas y de ninguna. León Felipe, gran poeta, fue lo contrario de un hombre de letras. No escribió para producir un sentimiento estético, aunque lo produjera, y de mucha hondura, sino para expresar una agonía: la suya propia, acaso la de otros muchos hombres”.

Eso lo sabía bien el poeta, que lo dejó convenientemente claro con sus propias palabras:

“Para mí, la poesía no es más que un sistema luminoso de señales. Hogueras que encendemos aquí abajo, entre tinieblas encontradas, para que alguien nos vea, para que no nos olviden. ¡Aquí estamos, Señor! Y todo lo que hay en el mundo es mío y valedero para entrar en un poema, para alimentar una fogata. Todo. Hasta lo literario, como arda y se queme. Y no vale menos un proverbio rodado que una imagen virginal; un versículo de la Revelación que el último slang de las alcantarillas. Todo buen combustible es material poético excelente. Sé que en mi palomar hay palomas forasteras –decía Nietzsche–, pero se estremecen cuando les pongo la mano encima. Lo importante es este fuego que lo conmueve todo por igual –lo que viene en el Viento y lo que está en mis entrañas–, este fuego que lo enciende, que lo funde, que lo organiza todo en una arquitectura luminosa, en un guiño flamígero bajo las estrellas impasibles. Y que no diga ya nadie: está fórmula es vieja y vernácula y aquella otra es nueva y extranjera, porque no ha habido nunca más que una sola fórmula para componer un poema: la fórmula de Prometeo”.

León Felipe contaba treinta y seis años cuando en 1920 ve publicado el primer libro de sus Versos y oraciones de caminante, un año encerrado entre dos grandes grupos de poetas y escritores, los autores de la generación del 98 y los poetas de la generación del 27. Queda pues navegando entre dos aguas, un nebuloso espacio que quedará olvidado gracias a la evolución de una obra que le hará convertirse en uno de los poetas más singulares de nuestras letras. Ese espacio de transición meramente cronológico es al que la hispanista Biruté Ciplijauskaité se refiere como la generación de “en medio”, un grupo de escritores (José Moreno Villa, Ramón de Basterra o incluso Ramón Gómez de la Serna) en los que percibimos que son creadores de una escritura que se manifiesta “contra la retórica, contra la artificiosidad del modernismo, contra la separación entre la vida y el arte”, pues para ser poeta, “no hay que ser artista, sino hombre”, de ahí su necesidad de reclamar la sencillez. Lo que hace al poema es la sinceridad y el acento personal.

Es Luis Cernuda el que destaca que León Felipe entronca muy directamente con la tradición semítico-bíblica, para la que el poeta es, en palabras del propio Cernuda, “un profeta y no un artista; un profeta, no tanto en el sentido de videncia, sino de dirigente”. Esa poética comprada al proceder de los profetas, queda bien clara en unos versos incluidos en su libro Llamadme publicano, donde viene a señalar lo que él entiende por verdadera poesía, una donde las metáforas no son verbales, pues al implicar directamente al hombre no se quedan en un mero juego de palabras, y en unos versos donde casi hace un ruego y pide: “Poetas… hablemos con decencia… / y usemos la metáfora / con sabiduría / y con respeto”. La sabiduría y el respeto necesarios para mostrar así la realidad a través del poema. En ese mismo libro arriba citado, vuelve a insistir en calificar de “poeta mayor” a “ese que todos conocéis y veneráis / y que lleva una corona de espinas en la frente”.

Su vida y su escritura fue y es ejemplo para muchos de los grandes místicos y políticos revolucionarios (en la mochila del Che Guevara sus asesinos encontraron un poema de León Felipe transcrito de su puño y letras), pues al fin y al cabo en lo político, como bien dice de nuevo Alejandro Finisterre, siempre fue “el apóstol de la unidad revolucionaria. Hoy estaría, como siempre, con la concordia, pero como siempre también con la justicia por encima de todo. Con la concordia, pero no con la componenda”. Este colosal, para algunos, poetas del éxodo y del llanto, que fue poeta y profeta, payaso y caminante, domador y titiritero de las palabras, y hombre inquebrantable, murió un 18 de septiembre de 1968, a los ochenta y cuatro años de edad, en México, tras cincuenta años de actividad intelectual y treinta años de exilio, lejos de la luz de España que tanto echó de menos y que tanto amó. León Felipe representa un eslabón único de esa tradición de la llamada poesía impura, una tarea que le costó el exilio y casi la locura, pues a él se debe, junto a otros, que la poesía española del siglo XX no perdiera del todo el aliento humano. Como dice en el “Prologo” de su libro El payaso de las bofetadas y el pescador de caña (1938):

“Esto no es un discurso. Es un poema. Un poema trágico. Un poema nacido sobre la vieja sangre de España, con unas notas exegéticas. Todo él, la prosa y verso, cae y se cierra bajo la misma curva poemática. No es un discurso, repito. Es un poema. Pero el poeta es un hombre responsable. Más responsable que el orador, simplemente. Tan responsable como el maestro, como el gobernante, como el líder. El poeta es el Gran Responsable. Y cuando los dioses pregunten un día enfurecidos ¿quién ha escrito esto? el poeta responderá: yo lo he escrito; y no bajará la cabeza. No se puede decir, nadie puede decir: “el poeta vive fuera de la realidad”.

Esta frase la han inventado unos hombres de vida subterránea para confundir a las gentes.

Amigos: no os dejéis engañar. El poeta habla desde el nivel exacto del hombre. Y los que se imaginan que habla desde las nubes, son aquellos que escuchan siempre desde el fondo de un pozo. Venid conmigo y haced un poco de silencio para ver si esta voz que yo traigo está afinada en el justo tono del hombre”.

Una nueva luz para Gloria Fuertes. Los libros del centenario

Antonio Ortega

La conmemoración este año del centenario del nacimiento de Gloria Fuertes (Madrid, 1917-1998), es una ocasión inmejorable para recuperar y reivindicar la memoria y la obra de una mujer esencial de nuestra cultura, de una mujer y una poeta (ella siempre se negó a aceptar que la llamaran poetisa) que es un referente ineludible de la poesía española de la segunda mitad del siglo XX, además de ser, también, una mujer comprometida con la igualdad y los derechos de género, siendo siempre una pacifista defensora de los más desfavorecidos, de los perdedores y de los oprimidos. 
Gracias quizás a sus apariciones televisivas, pocos poetas han sido tan queridos, populares y seguidos como Gloria Fuertes, famosa sobre todo por sus textos infantiles, y precisamente por eso, por ser igualmente un referente de la literatura infantil española del siglo pasado, recibió el Diploma de Honor del Premio Internacional de Literatura Infantil Hans Christian Andersen. Pero más allá del encasillamiento de su escritura dentro de la literatura infantil, Gloria Fuertes fue una grandísima poeta, poseedora de una voz propia y original, capaz de dar cuenta de las urgencias de la vida con unos poemas ausentes de retórica, con un estilo que a pesar de ser coloquial, nada tiene de informal o distendido, sino todo lo contrario, pues sus poemas son la muestra de una difícil sencillez que, con una fuerza interior inolvidable, son el fruto una especie de lección íntima de la realidad y de la historia. Como dice en uno de los poemas,

 “No quiero ser maestra de nada, / me conformaría / con ser una lección / de algo”.

 Una poeta que, marcada por la Guerra Civil, la dictadura franquista y su condición, nunca ocultada, de lesbiana, se situó entre la vanguardia y el compromiso social, entre el desgarro del dolor y la tragedia de la existencia, y la alegría rebelde de vivir, pues como una “isla ignorada” sabía mirar y ver que

  “todos los días son blancos, / todas las noches son negras, / y las tardes son azules / y las mañanas son menta”. 

Una mujer y una poeta inclasificables, y de quien Camilo José Cela dijo que “aúlla, como una loba herida de muerte”, porque “sus versos son desconsolados y atroces, saludables y humanos, mortales de necesidad y amargamente sobrios y juguetones como el diablillo de la guardia, al que esta mujer quiere peinar los cuernos”. Como ha dicho Vicente Molina Foix, “hay mucha maravilla en su obra adulta”, y a falta de una edición completa de su obra (que además de su poesía incluya, entre otros escritos, su teatro y sus “glorierías”, esa especie de greguerías propias e inolvidables frases, algunas editadas por la editorial Torremozas), hay que recurrir a las sucesivas y constantes nuevas ediciones de sus antologías y libros, entre otros y muchos, Mujer de verso en pecho, editada por Cátedra y con prólogo de Francisco Nieva; Historia de Gloria: (amor, humor y desamor) en la misma editorial y en edición de Pablo González Rodas; o acudir a sus Obras incompletas, también en Cátedra y en edición de la propia autora. Su innovadora y casi irreverente escritura, es capaz de fundir elementos orales y elementos escritos, cultos y coloquiales, creando una sucesión de textos a base de fuentes verbales en vez de referenciales, con lo que contribuyó a redefinir de algún modo el género poético, tanto para su generación como para las siguientes y posteriores, y siempre desde la condición inimitable de su misma poesía.

          Gracias a la celebración de su centenario, con seguridad se editaran y reeditaran muchos y diversos trabajos y nuevos libros, y de momento la lista se inicia con las siguientes publicaciones:
 El libro de Gloria Fuertes. Antología de poemas y de vida, editado por Blackie Books en edición de Jorge de Cascante, con 448 páginas a todo color y cuyo reclamo editorial dice que es el libro sobre la verdadera Gloria Fuertes, y que se compone de 300 poemas, varios de ellos inéditos, 80 fotos nunca vistas, 12 dibujos de la poeta, una biografía que se dice la más completa hasta la fecha, con anécdotas, encuentros y desencuentros, recortes de prensa, páginas de sus cuadernos de notas, y que nos muestra objetos preciados y preciosos encontrados en su casa de Madrid, y al que añadir un cómic de 16 páginas obra de Carmen Segovia que narra escenas de su época como profesora en Estados Unidos. 
La editorial Nórdica saca a luz otra antología, Geografía humana y otros poemas, con ilustraciones de Noemí Villamuza y con prólogo de Luis Antonio de Villena, que reúne y selecciona algunos de sus mejores poemas publicados entre 1950 y 2005, y tal como publicita la editorial, pretende ser una modesta contribución al mejor conocimiento de su labor poética, que es la obra de toda una vida, pues, como ella misma afirmó, “cada acto que hago es poesía”. 
Otra aportación al centenario y al conocimiento de la obra poética de Gloria Fuertes, es la amplia antología Me crece la barba. Poemas para mayores y menores, editada por Reservoir Books, y que recoge sus mejores poemas en una antología libre en la que, como afirma la editorial “se reúne una amplia muestra de su producción poética para adultos, tan perenne como injustamente olvidada, y para niños, que le valió en las últimas décadas el clamor popular pero quizá no el crítico. Dispuestos y asociados en una suerte de itinerario vital (que no cronológico) de la autora”, estos poemas “dan viva fe de que no había dos Glorias, sino una sola y para todos los públicos”, y que toda su obra se puede leer con ojos más o menos inocentes, más o menos entre líneas.
 Como antes adelantábamos, la editorial Torremozas ofrece dos nuevas reediciones de Gloria Fuertes: uno es Glorierías (Para que os enteréis), una especie de poemas breves con los que decir mucho con menos, y que la poeta llamó “momentos” o “mini-poemas”, que son los que aquí se publican, en una edición que preparó ella misma pero que no vio la luz hasta después de su muerte en 1998. Su  título es una versión personal de las conocidas Greguerías de Ramón Gómez de la Serna, por eso se incluye en esta edición una carta que Gómez de la Serna envió a Gloria en 1954 desde Buenos Aires, donde le aconseja que “no se deje llevar más que por sí misma” y es lo que hace Gloria Fuertes, ser ella misma en estado puro y acercarnos a su forma de ver las cosas desde la espontaneidad y la contundencia, como decía Gloria Fuertes, “con la rapidez de un dardo, un navajazo, una caricia”. El otro libro es Pecábamos como ángeles. Gloripoemas de amor, que es una selección de su poesía amorosa, también escogida por ella misma de diferentes libros, y que fue publicado por primera vez en 1997.
Gracias a las exposiciones, se puede llegar a la obra. Una es la que ofrece la Fundación Gloria Fuertes, bajo el título de El universo de Gloria Fuertes, en la que se realiza un recorrido estructurado cronológicamente a través de la vida y la obra de la escritora, tanto en su faceta de autora para niños, como en la de poeta para adultos. Esta exposición consta de siete paneles y 40 fotografías procedentes de su archivo personal y donde además se exponen manuscritos, libros, revistas y documentos originales, únicos y curiosos así como primeras publicaciones en revistas infantiles y primeras ediciones de su obra, que permiten ver el proceso de creación de la poeta, todo ello bajo un gran interés literario y didáctico. Otra es la que entre el 14 de marzo y el 14 de mayo se mostrará en el Centro Fernán Gómez-Centro Cultural de la Villa, en colaboración con la Fundación Gloria Fuertes, y titulada Gloria Fuertes 1917-1998, ofreciendo un recorrido artístico y vital con el objetivo de dar a conocer su vida y reivindicar el lugar que le corresponde por derecho en el panorama literario español del siglo XX. Gloria Fuertes fue, por encima de todo, y más allá de las rimas, los ripios y los juegos del lenguaje, una superviviente, una poeta honda y coherente, y luminosa.

Piedra de sol. Octavio Paz (II).

Antonio Ortega

Libertad bajo palabra incluye cinco secciones o partes, a saber: Bajo tu clara sombra; Calamidades y milagros; Semillas para un himno; ¿Águila o sol?; y La estación violenta. En esta última se incluye Piedra de sol, un poema del que llegó a hacer varias ediciones, con sucesivas correcciones, omisiones y reposiciones. Quizás este sea el poema más ineludible de Octavio Paz, tanto que ha inspirado un sinnúmero de lecturas e interpretaciones. Sin duda alguna, siendo como es una de las más grandes construcciones de la modernidad hispanoamericana y uno de sus pilares fundacionales, es también uno de los pocos poemas que ha logrado transformar la modernidad creativa internacional. Una obra cuya importancia histórica es comparable, como defiende Pere Gimferrer, a la que La tierra baldía (The waste land) de T. S. Eliot ha tenido para la lengua inglesa.

Piedra de sol es un poema único y continuo, unitario, y a la vez circular, pues empieza y acaba del mismo modo y con los mismos versos. Un poema que hace suyas la interacción y la unidad de los contrarios, donde

“vislumbramos / nuestra unidad perdida, el desamparo / que es ser hombres, la gloria que es ser hombres / y compartir el pan, el sol, la muerte, / el olvidado asombro de estar vivos”.

 Según confesión del propio poeta, Piedra de sol refleja tres preocupaciones esenciales: su vida personal, las experiencias de su generación y la búsqueda de una visión del tiempo y de la vida. Historia, realidad y secreta intimidad juntas en un poema que hace suyos un tiempo y un espacio especiales en los que la experiencia es capaz de existir siempre, como esa nostalgia de nuestra esencial soledad humana que sus versos recrean constantemente:

“No hay nada en mí sino una larga herida, / una oquedad que ya nadie recorre, / presente sin ventanas, pensamiento / que vuelve, se repite, se refleja / y se pierde en su misma transparencia, / conciencia traspasada por un ojo / que se mira mirarse hasta anegarse / de claridad”.

Piedra de sol quiere captar el instante con palabras que a veces se quedan al borde del lenguaje, y por eso el poema viene a reflejar esa angustia propia de la búsqueda:

“busco sin encontrar, busco un instante, / un rostro de relámpago y tormenta / corriendo entre los árboles nocturnos / (…) busco sin encontrar, escribo a solas, / no hay nadie, cae el día, cae el año, / caigo en el instante, caigo a fondo, / invisible camino sobre espejos / que repiten mi imagen destrozada”.

Ese encuentro con el instante crea también una voz poética que, hasta ese momento desconocida, es capaz de desprenderse del sí mismo para adentrarse en ese “otro sí mismo”:

“arde el instante y son un solo rostro / los sucesivos rostros de la llama, / todos los nombre son un solo nombre, / todos los rostros son un solo rostro, / todos los siglos son un solo instante / y por todos los siglos de los siglos / cierra el paso al futuro un par de ojos”.

 Lo que este inolvidable poema logra ofrecernos es la visión de lo otro, de la incertidumbre de nuestra condición humana, pero no sólo ante la disyuntiva de la vida o la muerte, sino ante la posibilidad de una existencia total:

 “nunca la vida es nuestra, es de los otros, / la vida no es de nadie, todos somos / la vida -pan de sol para los otros, / los otros todos que nosotros somos-, / soy otro cuando soy, los actos míos / son más míos si son también de todos, / para que pueda ser he de ser otro, / salir de mí, buscarme entre los otros, / los otros que no son si yo no existo, / los otros que me dan plena existencia”. 

Toda experiencia de lo otro, es siempre una experiencia de nosotros mismos. De nuevo Pere Gimferrer viene a resumir la naturaleza de este gran poema: “Piedra de sol es una vasta metáfora de lo que esencialmente constituye la operación de la lectura de cualquier poema: un camino hacia un instante detenido, que rehacemos siempre del mismo modo, para ver siempre el mismo instante, cada vez que leemos de nuevo el poema”. Siempre en movimiento, el lector buscará la imagen de su propia vida, buscará la imagen de su propia fijeza. Quien lea este poema pronto sabrá que es una verdadera obra maestra, y que siempre será uno de los grandes poemas de la lengua castellana, gracias a unos versos tan irrepetibles que hacen irrepetible un poema “que exprime la sustancia de la vida”. José Emilio Pacheco, el recientemente fallecido Premio Cervantes, dijo una vez que guardaba tres ejemplares de Piedra de sol: “uno para leer, otro para releer y el último para ser enterrado con él”. Y seguro que así ha sido.

Octavio Paz. Piedra de sol. Barcelona: Mondadori, 1998. Lectura de Pere Gimferrer. Colección Lecturas de Poesía, 1.
Octavio Paz. Obras completas. Vol. VII. Obra poética (1935-1998). Barcelona : Galaxia Gutenberg : Círculo de Lectores, 1999-2005

Piedra de sol. Octavio Paz (I)

Antonio Ortega

Las Obras Completas de Octavio Paz (que pasa por ser una obra más entre las suyas en tanto que fue él mismo quien las preparó, organizando los libros, los artículos y una serie de textos sueltos que fue incorporando por temáticas) alcanzan en la edición de Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, nada menos que ocho extensos y gruesos volúmenes. Como le corresponde a quien fue, como afirma Elena Poniatowska, “un hombre que vivió para las letras”, queda claro que su legado es inmenso e indiscutible, y su obra entera el fruto de una labor de escritura que transitó todos los géneros, campos artísticos y literarios: poesía, ensayo, crítica, edición (fundador de dos revistas esenciales como fueron Plural y Vuelta), traducción… Una práctica de escritura que está hecha por un doble movimiento de decir y desdecir, donde la teoría, la reflexión y el pensamiento logran confirmación en los textos poéticos y más estrictamente literarios. Pero aún más allá, cada una de sus obras tiene la capacidad de ser y de hablar por ella misma, por encima incluso de las creencias y opiniones de su autor.
   
    Si hubiera que elegir de entre su monumental obra una en concreto, la tarea sería no ya difícil, sino casi imposible. Pero si Paz destaca en algo, sin por ello menospreciar cualquier otro desarrollo de su escritura, es por su obra poética y ensayística, muchas veces en pugna, pero ambas contribuyendo a hacer de su obra, y desde ella misma, un sistema propio y reconocible. Por eso es casi imposible decidirse por el Paz ensayista o por el Paz poeta, pues los dos se complementan, son las dos caras de una misma escritura. Ahí están para demostrarlo libros de ensayo, entre otros muchos, tan decisivos como El laberinto de la soledad (1950), El arco y la lira (1956), Los hijos del limo (1974), La llama doble (1993), Vislumbres de la India (1995), y sobre todo, como una luz ejemplar, Sor Juana Inés de la cruz o las trampas de la fe (1982). Pero por encima de todo, como bien afirma Julio Ortega, una poesía que “está escrita como si la poesía fuese el último de los sentidos”.

     Si otro grande como Rubén Darío había dicho “Yo busco una forma…”, es decir, la identidad del sujeto en el lenguaje, lo que Octavio Paz buscaba era, de nuevo en palabras de Julio Ortega, “un centro articulatorio, un afincamiento en el sentido, no sólo en la convicción poética, sino en una significación que hiciera del arte la verdadera conciencia del ser y del estar, del pensar y actuar, del hablar y callar”. Y a eso convocan sus grandes poemas, algunos ya ejes centrales de la literatura moderna, y entre ellos Libertad bajo palabra (1935-1957); Blanco (1966), un inmenso y grandísimo poema, escrito originalmente en tres columnas que permiten diferentes lecturas; Ladera este (1962-1968), que recoge su producción poética en la India, donde fue embajador de México; El mono gramático (1970), poema en prosa que funde reflexiones filosóficas, poéticas y amorosas; Pasado en claro (1974); o Árbol adentro (1976-1988), uno de sus últimos libros poéticos. El volumen VII de sus Obras Completas, dedicado a la poesía, incluye también, como no podía ser de otra manera, sus Versiones y Diversiones, que reúnen la totalidad de sus impagables e inolvidables traducciones, poemas a partir de otros poemas en otras lenguas que Paz hace y considera suyos.