Escritor, póngame un doble… o dos

Ana Parra

¿Por qué hay temporadas en las que en televisión se emite el mismo tipo de programas, la cartelera se inunda con el mismo género cinematográfico y en literatura la temática es muy parecida? Esto se llama moda y es muy interesante observar cómo, en un determinado momento de la historia (a partir de finales del siglo XVIII), la figura literaria del doble eclosiona y adquiere una profundidad que hasta entonces no tenía.

Los dobles, como si fueran la conciencia de mano a la que aludía Markheim cuando se mira en el espejo, vienen a mostrarnos las contradicciones del ser humano: esa porción de nosotros mismos que permanece oculta, reprimida y que necesita salir a la luz, aunque sea de manera ocasional, para mostrarnos que la identidad es más compleja y lábil de lo que se suponía en la Modernidad; la naturaleza animal de la que somos parte y que, si queremos formar parte de la sociedad, es conveniente tenerla sometida y no mostrar al animal que llevamos dentro; un cuerpo que nos determina y que es nuestro escaparate frente al mundo. La vida es insatisfactoria y los dobles van a poner de manifiesto ese malestar. Como en botica, hay dobles para todo.

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Ilustración del relato “William Wilson” de Edgar Allan Poe.

La vida está llena, o eso tendemos a pensar, de oportunidades perdidas u ocasiones frustradas. No conozco a nadie que en algún momento determinado no se haya preguntado el motivo por el cual decidió seguir un camino y no otro. Y, sobre todo, qué hubiera pasado con la opción desechada. El escritor alemán Jean Paul fue el inventor de la palabra Doppelgänger y dotó al concepto de doble de mayor contenido filosófico. No es un escritor fácil, sus obras destilan ironía (él mismo se introduce como personaje de sus obras para opinar) y sus finales, aparentemente felices, dejan al lector con un sabor agridulce porque las opciones elegidas no implican una felicidad o infelicidad absolutas. Tanto en Siebenkäs: Bodegón de frutas, flores y espinas o Vida conyugal, muerte y nuevas nupcias del abogado de pobres F. St. Siebenkäs —obra en la que aparece el concepto (en un pie de página) — como en La edad del pavo, los dos protagonistas representan diferentes opciones vitales: uno de ellos asume una identidad más convencional que le permite integrarse en la sociedad y el otro reivindica su libertad individual separándose de lo socialmente aceptado. Esto es, o renuncias a parte de la libertad para formar parte de la sociedad o decides actuar libremente, lo que implica estar al margen, vivir en soledad. Henry James, en un cuento corto titulado La esquina alegre, pone a su protagonista en esa tesitura y el doble le muestra cómo hubiera sido su vida si no se hubiera marchado.

Otras veces, y ante el temor de equivocarnos en nuestras elecciones, dejamos que sean otros los que decidan por nosotros y nos dejamos llevar. Si en el caso anterior las elecciones propias generan una angustia y un desasosiego interno al sentir que nos hemos podido equivocar, en este caso, nos sentimos como si fuéramos autómatas o simples marionetas y que es otra mano la que controla los hilos de nuestra vida. También puede pasar que, por más que se intente, son elementos externos los que deciden por el individuo. En este caso, el sentimiento de alienación y de rechazo hacia uno mismo es total, pues se vive una vida que ni se quiere ni se ha elegido, ni se puede eludir. La mente se desvincula del cuerpo y este pasa a ser máquina. E.T.A Hoffmann en Los autómatas y El hombre de la arena hace de los autómatas seres perfectos, pero sin alma y la pista la dan sus ojos sin vida que producen inquietud. Realizan su trabajo admirablemente, pero no tienen alma. Al fin y al cabo, son meras máquinas. No solo los autómatas, sino que, más adelante, serán los robots (término acuñado por Karel Kapec en su obra R.U.R.) los que harán patentes las consecuencias de la industrialización: el hombre anula su alma racional y se convierte en un mecanismo sustituible por otro. Charles Dickens en Tiempos difíciles evidencia esta situación.

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Representación del Doppelgänger en “El extraño caso del Dr. Jekykk y Mr. Hyde”. Dominio público.

Hay un elemento que también reflejan los autómatas y es el extrañamiento de la mente frente al cuerpo. El cuerpo nos determina, es nuestra carta de presentación ante los otros y, frente a la mirada del otro, podemos ser cosificados y, como los autómatas, ser convertidos en objetos. Si hay un personaje en la literatura que muestre más claramente esta situación es la criatura de Frankenstein. Leer Frankenstein es ver cómo en la figura de la criatura se encuentran los anhelos y angustias en la creación de la propia identidad. Necesitamos del otro para confirmarla, porque, si no es reconocida, es una identidad fallida. La criatura encuentra rechazo por su aspecto físico ya que no entra en los cánones establecidos y por buena que esta sea, si los otros no la ven así, la identidad se viene abajo. ¿Será que la identidad no es inherente al hombre, sino que es una imposición social? ¿Y que el cuerpo condiciona más de lo que pensamos?

Por otro lado, ¿y si ante tanta imposición social nos abandonamos a las pasiones, a nuestros propios impulsos y dejamos que nos dominen? Negar las facetas oscuras del individuo hace que surjan con más fuerzas y nadie como Robert Louis Stevenson para mostrarnos la fascinación que despierta ese lado “oculto”. Si bien su obra más conocida en este sentido es El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde, en El barón de Ballantrae, Markheim, o incluso en La Isla del Tesoro también se encuentran modulaciones del doble, aunque no se presenten de forma tan clara. Stevenson plantea una indagación sobre el bien y el mal, sus relaciones y permeabilidad mutua, ya que ambas son irrenunciables. De igual manera, tampoco se puede negar nuestra naturaleza moral, nuestra conciencia, porque, como en el William Wilson de Poe, puede objetivarse y convertirse en el doble que nos señala con el dedo.

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En definitiva, nadie como el doble para poner el dedo en la llaga y expresar las dudas e inquietudes del individuo sobre sí mismo. Si en los ochenta triunfó la serie de libros “elige tu propia aventura”, este verano proponemos “elige tu propio doble”. Que disfruten con la lectura.

Imagen de portada Vince Fleming

Literatura y Educación II. Entre líneas: el cuento o la vida. Luis Landero

Maite Lavado

La vida es una sucesión de narraciones que contiene todo aquello que nos ha ocurrido, que hemos imaginado o aquello que nos han contado. La exaltación del arte de la narración podría ser la síntesis de esta novela de Luis Landero, a medio camino del ensayo y la autobiografía. Con una prosa seductora y precisa, el autor nos presenta a Don Manuel Pérez Aguado, un profesor de literatura, lector y escritor, que mientras prepara una conferencia,  reflexiona sobre el proceso del aprendizaje a través de  su niñez, su adolescencia  y su madurez .

 La obra intercala con fluidez y gracia relatos de la vida del profesor con  reflexiones del propio autor.  Ambos bloques se diferencian  entre sí por una  tipografía distinta,  y aunque  en un primer momento pueda parecer que no existe relación entre ellos,  lo cierto es que supone un desdoblamiento del escritor, que expresa sus reflexiones sobre el contenido moral de las personas, sobre la  literatura y su enseñanza y sobre el saber y el aprender. Declara:

“la enseñanza es una mezcla maravillosa de incertidumbre y seguridad”

 Reflexiona, asímismo, sobre la realidad y la ficción, y  establece un paralelismo entre la literatura y la vida:

 “las cosas no son como las vemos sino como las imaginamos”.

¿Cuento? ¿Vida? Entre líneas, descubrimos que la realidad objetiva tiene una cara oculta que es siempre imaginaria. De su  lectura se desprende la  profunda adoración  por  los libros y el poder real  de sus narraciones. Esta adoración la descubre, (el autor- heterónimo ) cuando siendo niño, su padre le anima a que lea el periódico a un grupo de campesinos analfabetos.  La narración de la vida escrita les asombraría por la variedad de matices que les mostraba,  reivindicando de este modo el poder de lo imaginario.

Esta breve novela muestra verdaderamente la habilidad del escritor para lograr contagiar la pasión por la lectura y el lenguaje y el deleite que supone el  pensar y  el observar.

Luis Landero. Entre líneas: el cuento o la vida. Barcelona: Tusquets, 2001. Colección Andanzas.

El Ruletista, Mircea Cărtărescu

Leire Frisuelos

Publicado en 1993 por el escritor rumano Mircea Cărtărescu, este breve cuento relata la historia de un hombre con un extraño don: escapar con vida de la ruleta rusa, juego macabro y letal que ha cautivado a escritores y cineastas desde hace más de un siglo. El protagonista, inmerso en un ambiente clandestino que le empuja a realizar cada noche un juego más arriesgado, apuesta contra la muerte sumando en cada partida una bala en la recámara. De forma inexplicable, en cada ocasión sale victorioso, desafiando así cualquier cálculo de probabilidades. Esta virtud le granjea la fama entre los apostadores, que pagarán cantidades desorbitadas para asistir a las veladas. De esta manera, el ruletista cae atrapado en una espiral perversa con un único fin posible, la muerte, que no parece llegar nunca, pero que sigue buscando con tesón.

Narrado en tercera persona por un anciano escritor, amigo de la infancia del protagonista, el cuento posee un ritmo medido a la perfección que, sumado a la habilidad con que dosifica la información proporcionada al lector, crea momentos de gran tensión y carga emocional. Ante cada nueva apuesta, mientras el ruletista se enfrenta al revolver, Cărtărescu consigue aumentar la tensión narrativa hasta contagiarnos la propia del protagonista, respirando aliviados después lector y personaje. Así, el autor controla de forma magistral y efectiva las reacciones de un lector que queda a merced del ritmo del relato.

   La ficción está envuelta por un componente fantástico que, sin ser excesivo, aporta cierta sensación de ensoñación, propiciada por el lenguaje poético empleado por Cărtărescu para describir los ambientes en que se desarrolla el juego. La atmósfera decadente de las vulgares bodegas en las que se inicia la obra asciende hasta los salones de las grandes fortunas, donde el carácter exclusivo se mezcla con la fascinación de un público atraído por la posibilidad de contemplar el suicidio.

   Empujado por la fuerza de este viaje, El ruletista nos ofrece un final redondo que cierra el cuento con rotundidad y que no deja de sorprendernos. Sin duda, podemos afirmar que el cuento de Cărtărescu arrastra al lector con la misma fuerza con que el azar atrapa a su ruletista: el viaje, así, es compartido.

El Ruletista,  Mircea Cărtărescu. Madrid: Ed. Impedimenta, 2010.