Morir en primavera, Ralf Rothmann

Mirella García Lucas

Pocas guerras han sido tan documentadas por escrito, desde la ficción o el testimonio, como la Segunda Guerra Mundial. No obstante la famosa cita de Adorno en la que ponía en duda la posibilidad de la poesía después de Auschwitz, la palabra ha sido uno de los medios más utilizados para testimoniar, describir y denunciar el horror y la destrucción que supuso la que es, hasta hoy, la guerra más mortífera de la historia, con un coste estimado de entre 50 y 85 millones de víctimas, en su mayoría civiles.
Pero en el mosaico literario que recoge las diferentes miradas sobre la Segunda Guerra Mundial – en el cual destaca la llamada literatura concentracionaria, con las obras imprescindibles de Primo Levi, Elie Wiesel o Imre Kertész – escasean aquellas obras que retratan el conflicto desde el punto de vista del lado perdedor, los alemanes, que además tuvieron que cargar con la responsabilidad moral de haber dado inicio a toda la barbarie.
El periodo nazi ha sido una fuente de conflictos y controversia en la historia reciente de Alemania y de los alemanes, que a menudo han mostrado su intención de romper con el pasado sepultándolo bajo una capa de culpa, de vergüenza y de silencio. Un silencio que poco a poco se va rompiendo a medida que las nuevas generaciones, aquellas que no vivieron la guerra de una manera directa, empiezan a escarbar en ese pasado sepultado en respuesta a su necesidad de recuperar y entender sus orígenes.
Y es a esta necesidad a la que responde Morir en primavera, la primera novela traducida al castellano del autor alemán Ralf Rothmann (recientemente, Libros del Asteroide también ha recuperado otra de sus anteriores obras, Luz de juventud). Nacido en 1957, él mismo pertenece a aquella generación cuyos padres vivieron la guerra pero optaron por no hablar de ella. “El silencio, el rechazo absoluto a hablar, especialmente sobre los muertos, es un vacío que tarde o temprano la vida termina llenando por su cuenta con la verdad “, son las primeras – y significativas – palabras de esta obra. El enigma y el dolor que se esconden tras la figura paterna se erigen en símbolos de toda una generación de alemanes que decidieron erradicar todo un período de sus vidas.

arton1878-1a363Morir en primavera tiene una estructura literaria inusual. Envuelven la trama central una introducción y un epílogo en los que un narrador anónimo en primera persona – que en momentos se insinúa que es el autor mismo, Rothmann, cosa que confiere un emotivo tinte autobiográfico a la novela –habla de sus padres, y en especial de su padre, un veterano de la Segunda Guerra Mundial que combatió en el ejército alemán cuando no era más que un adolescente. El padre del narrador es un hombre de clase obrera, trabajador y comprometido ideológicamente, pero al mismo tiempo taciturno, que – en palabras del narrador –

“pasó la vida sumido en un silencio que nadie quiso compartir con él […]. La suya era la gravedad de quien había visto cosas terribles, que sabía más de la vida de lo que era capaz de explicar; sospechaba también que, aunque dispusiera de palabras para expresarlo, no existía redención posible”.

Ni las preguntas más directas del hijo rompen su silencio, y es solo en su lecho de muerte que regresa a la guerra que tanto marcó su vida.

La parte central del libro, en cambio, nos cuenta la historia de Walter, un chico granjero que todavía no ha cumplido los dieciocho y trabaja en una explotación lechera en el sur de Alemania. Está enamorado de una chica, Lisbeth, y vive ingenuamente convencido de que no le tocará ir al frente. Es el invierno de 1945 y la derrota de Alemania parece inminente. Pero, en los últimos estertores de la contienda, Walter y su amigo Fiedrich (Fiete) son reclutados a la fuerza por las SS y enviados al combate para demostrar su lealtad a la patria. Serán así testigos de una serie de atrocidades que les marcarán la vida para siempre.
Como la mayoría de las buenas novelas sobre la guerra,  es una obra profundamente antibelicista. En su periplo por el frente alemán, Walter se enfrentará al sinsentido y al profundo horror que supone todo conflicto bélico: la crueldad injustificada contra la población civil, la carnicería de las batallas, la deshumanización de tus semejantes, la normalización y la banalidad del mal. Destaca el episodio en que un matrimonio de molineros ancianos y su vecino son ajusticiados por su presunta colaboración con los partisanos de la zona. Walter siente rabia e indignación ante este hecho, pero no se rebelará nunca de manera explícita contra sus superiores. En este sentido, Rothman establece una clara diferencia entre el protagonista y Fiete. Walter no es muy instruido pero es un muchacho sensato, que no siente afinidad por el régimen nazi pero no desobedece las órdenes por muy en desacuerdo que esté con ellas, porque considera que hacerlo será contraproducente tanto para él como para sus compañeros de penurias. Representa así, en cierta manera, a toda una generación de alemanes que se tuvo que enfrentar a una situación que los superaba y hacia la cual solo supieron reaccionar con obediencia y resignación. En cambio Fiete – más intelectual e inquieto que Walter – intentará desertar del ejército, y pagará las consecuencias de su rebeldía. La contraposición entre los dos personajes marcará el acto central de la novela en una alegoría desgarradora del enfrentamiento fratricida que supone siempre un conflicto armado.
Morir en primavera es una obra hermosa y terrible al mismo tiempo; retrata en toda su intensidad la atrocidad de la guerra y sus consecuencias. Cuando la guerra “real” se acaba, para Walter empezará otra, tal vez más terrible: aprender a vivir con su legado, enfrentarse a aquello que hizo (o no hizo) cuando estaba en el frente. Walter sobrevive a la batalla intacto físicamente, pero el mundo que conocía ha desaparecido y él nunca volverá a ser el chico ingenuo que fue ni tampoco será el hombre que pudo haber sido. Porque, como la historia de Walter y Fiete demuestra, hay muchas maneras diferentes de perecer en una guerra, y no todas significan necesariamente morir en un sentido literal.

Imagen: JTPhotographe

De escritura también vive el hombre

Aunque estemos de exámenes y el tiempo no nos sobre, dejar volar la imaginación y la creatividad es para algunos algo irreprimible. Por eso hoy, en lugar de animaros a leer, queremos animaros a escribir presentando vuestras creaciones a los certámenes literarios que convoca la UNED.

En primer lugar, la Facultad de Filología UNED ha convocado el I Premio de Poesía con el propósito de impulsar la creación poética en el seno de nuestra comunidad universitaria. Podrán participar en el concurso los miembros de la comunidad universitaria de la UNED (profesores, investigadores, personal de administración y servicios, estudiantes y Amigos de la UNED). El jurado estará compuesto por tres profesores de la Facultad y podrán incorporarse a las deliberaciones del jurado profesores especialistas en las lenguas en que estén escritas las obras presentadas.

El premio, dotado con 1.000 €, se otorgará a una obra original e inédita escrita en cualquiera de las lenguas que se estudian en la Facultad de Filología de la UNED (español, inglés, italiano, francés, alemán, latín, griego, catalán, gallego y vasco). Tendrá un mínimo de 300 versos y un máximo de 1.000. El tema y la métrica son libres.

Los originales que opten al concurso podrán presentarse a partir del día 30/01 y hasta el 21/03. Deberán enviarse en formatos word o pdf a la siguiente dirección de correo electrónico: premiopoesiafilologia@flog.uned.es

La obra premiada será publicada en la revista Un Mar de Letras, elaborada por los estudiantes de la Facultad. Los participantes cederán gratuitamente a la Facultad de Filología los derechos editoriales de reproducción, distribución, transformación, comunicación pública y cualesquiera otros derechos necesarios para la comercialización total o parcial del mismo en cualquier soporte, por el periodo máximo que permita la legislación.

La presentación al Premio implica la aceptación total de estas bases, que pueden consultarse en  el BICI del 29/01.

Por otra parte, está abierta también la XXX edición del Premio de Narración Breve de la UNED. A éste podrán optar tanto miembros de la comunidad UNED como de la sociedad en general. Podrán presentarse obras originales e inéditas, escritas en lengua castellana, con una extensión no inferior a cinco páginas ni superior a diez, que no hayan sido premiadas ni estén concursando en otros certámenes ni tengan compromisos editoriales.

Los trabajos se recibirán hasta el día 22/03 a través del siguiente correo electrónico, una vez cumplimentado el formulario dispuesto a tal  efectocertamendenarracion@adm.uned.es. Ambas cosas, formulario y relato, deben enviarse al mismo tiempo.

La dotación para el ganador es de 4.000 euros y 500 euros para la categoría UNED, lo que no excluye que el ganador de esta categoría pueda optar al premio principal. La UNED se reserva el derecho a publicar los textos premiados y los textos seleccionados por el jurado para su publicación, en cualquier formato y sin que ello origine derechos a favor de los autores, que podrán, posteriormente, publicar en otros medios y disponer plenamente de sus derechos sobre los mismos. El fallo del jurado se producirá durante la Feria del Libro de Madrid 2019.

Un último premio en el que os animamos a participar hasta el 30/04 sería el V Premio de Narración Breve de la UNED de Mérida. En este caso puede participar cualquier autor, tanto si pertenece a la comunidad universitaria UNED como si no. El concurso está abierto para recibir relatos, originales e inéditos, escritos en lengua castellana y que no hayan sido premiados en otros certámenes, ni estén sujetos a compromisos editoriales, ni correspondan a autores fallecidos con anterioridad al anuncio de esta convocatoria. Los relatos, de temática libre, tendrán una extensión no inferior a cinco páginas ni superior a diez. Los trabajos se remitirán por correo postal a la Biblioteca del Centro Asociado de la UNED en Mérida y se establecen 3 reconocimientos:
– Un primer premio de 500 euros.
– Dos accésit consistentes en dos premios de 100 euros cada uno.

Podéis consultar las bases completas en este enlace.

Esperamos que os animéis a presentar vuestros textos. Estamos seguros de que en nuestra comunidad universitaria sobra talento y creatividad y la UNED está deseando reconocerlo.

El maestro invita a un concierto. Leonard Bernstein

“La música nunca trata de cosas. La música simplemente es.”

Leonard Bernstein fue uno de los más grandes compositores y directores de orquesta del siglo XX. Pero no solo eso. El primer gran director norteamericano es un referente mundial al abarcar facetas como la de gran pianista, compositor de musicales y bandas sonoras de películas de éxito. Además poseía excelentes dotes pedagógicas que le permitieron acercar la música clásica a los adolescentes y que hicieron de él un gran divulgador musical.

De origen judío y con raíces ucranianas, descubrió pronto su pasión por la música, recibiendo su primera oportunidad importante siendo director asistente de la Orquesta Filarmónica de Nueva York. El 14 de noviembre de 1943, Bernstein fue avisado de que el director invitado para aquel día, el prestigioso Bruno Walter, estaba enfermo, y le pidieron a él que dirigiera el concierto de la tarde. El excelente resultado con una pieza complicada sin apenas haber ensayado, le valió el respeto inmediato de músicos y público. A partir de ahí su carrera iría progresando hasta dirigir las orquestas más prestigiosas del mundo, como puedan ser la Filarmónica de Nueva York, o la de Viena. Además Bernstein intentó popularizar la música clásica a través de conciertos televisados que retransmitió la cadena CBS desde 1958 y 1972 que se denominaban Conciertos para jóvenes.

El libro que hoy recomendamos es un ejemplo de su capacidad para acercar la música clásica al público general. El maestro invita a un concierto, editado por Siruela, es una obra teóricamente dirigida al público juvenil, pero que cualquier lector disfrutará mientras aprende a escuchar piezas cumbre de la música clásica. Bernstein explica a lo largo de sus páginas qué es una sinfonía, una sonata o un concierto. Para ello se ayuda de pasajes de compositores como Sibelius, Bach, o Beethoven; pero también se apoya en música popular como el jazz para explicarnos el concepto de variación, el rock&roll de Elvis o la música de Bob Dylan. Sus excelsos conocimientos, no sólo musicales, le llevan a proponer analogías entre la lengua de un país y su música; o analogías entre el color, la luz y  los acordes musicales.

Si os ha interesado este libro, podéis encontrarlo en la Biblioteca Central de la UNED con la signatura 78BER.

Imagen de cabecera: Mark Solarski 

50 años sin León Felipe

Antonio Ortega

Este año se cumplen cincuenta años de la muerte de León Felipe (Tábara, Zamora, 1884-México D.F., 1968), poeta que fue profético y prometeico, tan franco como desgarrado, y siempre una figura incómoda enfrentada a todos los dogmas y preceptos, desdeñoso de la beatería hipócrita. Un escritor valiente, dueño de una curiosidad existencial sin parangón, sediento siempre de una generosa y humilde sencillez. Y tremendamente contemporáneo en cualquier tiempo y estación, en cualquier momento y situación histórica. Como ha dejado dicho Alejandro Finisterre, “Si alguien ha querido clasificar como poeta a León Felipe ha perdido el tiempo. León Felipe no es un poeta clásico ni tampoco romántico. Ni tradicional ni vanguardista. Ni de ayer ni de hoy. Es un poeta de siempre y de nunca. De todas las escuelas y de ninguna. León Felipe, gran poeta, fue lo contrario de un hombre de letras. No escribió para producir un sentimiento estético, aunque lo produjera, y de mucha hondura, sino para expresar una agonía: la suya propia, acaso la de otros muchos hombres”.

Eso lo sabía bien el poeta, que lo dejó convenientemente claro con sus propias palabras:

“Para mí, la poesía no es más que un sistema luminoso de señales. Hogueras que encendemos aquí abajo, entre tinieblas encontradas, para que alguien nos vea, para que no nos olviden. ¡Aquí estamos, Señor! Y todo lo que hay en el mundo es mío y valedero para entrar en un poema, para alimentar una fogata. Todo. Hasta lo literario, como arda y se queme. Y no vale menos un proverbio rodado que una imagen virginal; un versículo de la Revelación que el último slang de las alcantarillas. Todo buen combustible es material poético excelente. Sé que en mi palomar hay palomas forasteras –decía Nietzsche–, pero se estremecen cuando les pongo la mano encima. Lo importante es este fuego que lo conmueve todo por igual –lo que viene en el Viento y lo que está en mis entrañas–, este fuego que lo enciende, que lo funde, que lo organiza todo en una arquitectura luminosa, en un guiño flamígero bajo las estrellas impasibles. Y que no diga ya nadie: está fórmula es vieja y vernácula y aquella otra es nueva y extranjera, porque no ha habido nunca más que una sola fórmula para componer un poema: la fórmula de Prometeo”.

León Felipe contaba treinta y seis años cuando en 1920 ve publicado el primer libro de sus Versos y oraciones de caminante, un año encerrado entre dos grandes grupos de poetas y escritores, los autores de la generación del 98 y los poetas de la generación del 27. Queda pues navegando entre dos aguas, un nebuloso espacio que quedará olvidado gracias a la evolución de una obra que le hará convertirse en uno de los poetas más singulares de nuestras letras. Ese espacio de transición meramente cronológico es al que la hispanista Biruté Ciplijauskaité se refiere como la generación de “en medio”, un grupo de escritores (José Moreno Villa, Ramón de Basterra o incluso Ramón Gómez de la Serna) en los que percibimos que son creadores de una escritura que se manifiesta “contra la retórica, contra la artificiosidad del modernismo, contra la separación entre la vida y el arte”, pues para ser poeta, “no hay que ser artista, sino hombre”, de ahí su necesidad de reclamar la sencillez. Lo que hace al poema es la sinceridad y el acento personal.

Es Luis Cernuda el que destaca que León Felipe entronca muy directamente con la tradición semítico-bíblica, para la que el poeta es, en palabras del propio Cernuda, “un profeta y no un artista; un profeta, no tanto en el sentido de videncia, sino de dirigente”. Esa poética comprada al proceder de los profetas, queda bien clara en unos versos incluidos en su libro Llamadme publicano, donde viene a señalar lo que él entiende por verdadera poesía, una donde las metáforas no son verbales, pues al implicar directamente al hombre no se quedan en un mero juego de palabras, y en unos versos donde casi hace un ruego y pide: “Poetas… hablemos con decencia… / y usemos la metáfora / con sabiduría / y con respeto”. La sabiduría y el respeto necesarios para mostrar así la realidad a través del poema. En ese mismo libro arriba citado, vuelve a insistir en calificar de “poeta mayor” a “ese que todos conocéis y veneráis / y que lleva una corona de espinas en la frente”.

Su vida y su escritura fue y es ejemplo para muchos de los grandes místicos y políticos revolucionarios (en la mochila del Che Guevara sus asesinos encontraron un poema de León Felipe transcrito de su puño y letras), pues al fin y al cabo en lo político, como bien dice de nuevo Alejandro Finisterre, siempre fue “el apóstol de la unidad revolucionaria. Hoy estaría, como siempre, con la concordia, pero como siempre también con la justicia por encima de todo. Con la concordia, pero no con la componenda”. Este colosal, para algunos, poetas del éxodo y del llanto, que fue poeta y profeta, payaso y caminante, domador y titiritero de las palabras, y hombre inquebrantable, murió un 18 de septiembre de 1968, a los ochenta y cuatro años de edad, en México, tras cincuenta años de actividad intelectual y treinta años de exilio, lejos de la luz de España que tanto echó de menos y que tanto amó. León Felipe representa un eslabón único de esa tradición de la llamada poesía impura, una tarea que le costó el exilio y casi la locura, pues a él se debe, junto a otros, que la poesía española del siglo XX no perdiera del todo el aliento humano. Como dice en el “Prologo” de su libro El payaso de las bofetadas y el pescador de caña (1938):

“Esto no es un discurso. Es un poema. Un poema trágico. Un poema nacido sobre la vieja sangre de España, con unas notas exegéticas. Todo él, la prosa y verso, cae y se cierra bajo la misma curva poemática. No es un discurso, repito. Es un poema. Pero el poeta es un hombre responsable. Más responsable que el orador, simplemente. Tan responsable como el maestro, como el gobernante, como el líder. El poeta es el Gran Responsable. Y cuando los dioses pregunten un día enfurecidos ¿quién ha escrito esto? el poeta responderá: yo lo he escrito; y no bajará la cabeza. No se puede decir, nadie puede decir: “el poeta vive fuera de la realidad”.

Esta frase la han inventado unos hombres de vida subterránea para confundir a las gentes.

Amigos: no os dejéis engañar. El poeta habla desde el nivel exacto del hombre. Y los que se imaginan que habla desde las nubes, son aquellos que escuchan siempre desde el fondo de un pozo. Venid conmigo y haced un poco de silencio para ver si esta voz que yo traigo está afinada en el justo tono del hombre”.