Libros para futuros lectores

No conozco ningún niño al que no le guste que le cuenten un cuento; su mente está diseñada para escuchar historias. Es oír las todopoderosas palabras “Había una vez…”, y sus ojos se agrandan como platos clavando la mirada en el narrador, quien es el más omnisciente de la sala durante el tiempo que dura el relato. Pero por mucho que la fascinación les venga de serie, cualquier historia no les vale. Y es que es necesario ofrecer a los niños narraciones de calidad desde que son capaces de sostener en sus manos un juguete de tela en forma de libro, porque ahí se está creando su gusto y hábito lector.


Estoy convencida de que todos los niños son lectores potenciales, pero la escuela y los padres a menudo torcemos esta posibilidad ofreciéndoles textos que no se ajustan a su edad y obligándoles a leer, porque así lo manda el canon, grandes obras de la literatura universal que consiguen alejarlos para siempre de la letra impresa. ¿Por qué obligar a leer El lazarillo de Tormes en quinto de primaria en lugar de Harry Potter? ¿Por qué los cómics están desterrados de los currículos y son considerados un género menor cuando podrían ser cantera de ávidos lectores? No es el factor decisivo en la creación de lectores pero, quizá si se eligieran mejor las lecturas, si dejáramos incluso que ellos mismos las eligieran, se conseguiría algo de motivación en muchos niños para los que la lectura es sinónimo de obligación.


El Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil, celebrado el 2 de abril, fecha del nacimiento del escritor danés Hans Christian Andersen, es una buena ocasión para elegir libros para los más pequeños (pero no por ello menos exigentes). Con esta excusa, os proponemos una selección personal de lecturas infantiles que es caballo ganador.


Antonio Rubio y Óscar Villán han creado la colección De la cuna a la luna, editada por Kalandraka. Son cuentos para cantar y recitar que trabajan la sonoridad de las palabras, la cadencia y el ritmo del lenguaje, en base a rimas y repeticiones. Pequeñas narraciones en bucle musical con distintas posibilidades a la hora de ser interpretadas para que haya muchos cuentos dentro de uno solo.


Sin duda también elegiría cualquier libro de Eric Carle, el padre de La pequeña oruga glotona y muchas otras obras para prelectores, cuyas traducciones al castellano se pueden encontrar en Kókinos. Algunas de estas ediciones adaptan el formato del libro a la narración, con hojas desplegables que ayudan a sus personajes, por ejemplo, a colocar una escalera en la montaña más alta para llegar a la Luna y páginas troqueladas de tamaños diferentes para que el niño interactúe con el libro y utilice todos sus sentidos.


Cuando quiero regalar un álbum ilustrado y no sé cuál elegir, siempre acudo a Kalandraka, porque sé que ninguno sus títulos decepciona. Fue de las primeras editoriales españolas en tomarse en serio esto de la edición para público infantil, cuando se creó en 1998. Dio un giro al tipo de ilustraciones que hasta entonces acompañaban las obras para niños, con un papel totalmente secundario, y buscó creadores que se dirigían al público infantil desde una perspectiva más madura, considerándolo capaz de disfrutar de una estética imaginativa y tan protagonista como las palabras. Se podrían citar muchos títulos, pero estos deberían estar en todas las estanterías: Donde viven los monstruos (Maurice Sendak, 1964, el álbum ilustrado por excelencia), El pequeño conejo blanco, Once damas atrevidas y ¿A qué sabe la Luna?

Queremos proteger a nuestros niños de nuevas y dolorosas experiencias que están más allá de su comprensión emocional y que les producen ansiedad. Pero lo que se ignora demasiado a menudo es el hecho de que desde la más temprana edad los niños conviven con emociones perturbadoras, que el miedo y la ansiedad son parte intrínseca de sus vidas, que continuamente sobrellevan la frustración como mejor pueden. Y es a través de la fantasía que los niños alcanzan la catarsis. Es la mejor forma que tienen de domar las cosas salvajes.” Maurice Sendak


Gianni Rodari es el rey indiscutible del cuento infantil. La obra tanto literaria como ensayística de este pedagogo y escritor italiano merecería unas cuantas entradas, pero como muestra absoluta de su imaginación y conexión con la mente infantil, me quedo con sus Cuentos por teléfono. Rodari también es autor de la Gramática de la fantasía, un libro en el que analiza el poder de la imaginación en la educación de los niños, destinado “para quien cree que es necesario que la imaginación tenga su lugar en la educación, para quien confía en la imaginación infantil, para quien conoce el poder de liberación que puede tener la palabra”. Solo por esta premisa ya merecería la pena leer sus obras.


Otro autor que no puede faltar en ninguna biblioteca que se precie es Roal Dahl. Charlie y la fábrica de chocolate, Las brujas, Cuentos en verso para niños perversos y otros de sus libros, acompañados de las ilustraciones de Quentin Blake, forman parte del imaginario fantástico infantil de la generación pre-millenial.


Para lectores juveniles, Andreu Martín y Jaume Ribera concibieron en los noventa a su detective Flanagan. En Todos los detectives se llaman Flanagan, No pidas sardina fuera de temporada, y los libros que continuaron a estos, un detective posadolescente alterna sus investigaciones con sus problemas con las chicas y el instituto; éxito asegurado. Pasé un verano entero devorando sus aventuras en la playa, narradas con un lenguaje cercano y natural que conecta muy bien con el público al que van destinadas.

Esta selección, a todas luces incompleta, pretende ser un buen botón de muestra de literatura infantil y juvenil que cumple con un criterio fundamental: se toma muy en serio a sus lectores.

Escritor, póngame un doble… o dos

Ana Parra

¿Por qué hay temporadas en las que en televisión se emite el mismo tipo de programas, la cartelera se inunda con el mismo género cinematográfico y en literatura la temática es muy parecida? Esto se llama moda y es muy interesante observar cómo, en un determinado momento de la historia (a partir de finales del siglo XVIII), la figura literaria del doble eclosiona y adquiere una profundidad que hasta entonces no tenía.

Los dobles, como si fueran la conciencia de mano a la que aludía Markheim cuando se mira en el espejo, vienen a mostrarnos las contradicciones del ser humano: esa porción de nosotros mismos que permanece oculta, reprimida y que necesita salir a la luz, aunque sea de manera ocasional, para mostrarnos que la identidad es más compleja y lábil de lo que se suponía en la Modernidad; la naturaleza animal de la que somos parte y que, si queremos formar parte de la sociedad, es conveniente tenerla sometida y no mostrar al animal que llevamos dentro; un cuerpo que nos determina y que es nuestro escaparate frente al mundo. La vida es insatisfactoria y los dobles van a poner de manifiesto ese malestar. Como en botica, hay dobles para todo.

william wilson
Ilustración del relato “William Wilson” de Edgar Allan Poe.

La vida está llena, o eso tendemos a pensar, de oportunidades perdidas u ocasiones frustradas. No conozco a nadie que en algún momento determinado no se haya preguntado el motivo por el cual decidió seguir un camino y no otro. Y, sobre todo, qué hubiera pasado con la opción desechada. El escritor alemán Jean Paul fue el inventor de la palabra Doppelgänger y dotó al concepto de doble de mayor contenido filosófico. No es un escritor fácil, sus obras destilan ironía (él mismo se introduce como personaje de sus obras para opinar) y sus finales, aparentemente felices, dejan al lector con un sabor agridulce porque las opciones elegidas no implican una felicidad o infelicidad absolutas. Tanto en Siebenkäs: Bodegón de frutas, flores y espinas o Vida conyugal, muerte y nuevas nupcias del abogado de pobres F. St. Siebenkäs —obra en la que aparece el concepto (en un pie de página) — como en La edad del pavo, los dos protagonistas representan diferentes opciones vitales: uno de ellos asume una identidad más convencional que le permite integrarse en la sociedad y el otro reivindica su libertad individual separándose de lo socialmente aceptado. Esto es, o renuncias a parte de la libertad para formar parte de la sociedad o decides actuar libremente, lo que implica estar al margen, vivir en soledad. Henry James, en un cuento corto titulado La esquina alegre, pone a su protagonista en esa tesitura y el doble le muestra cómo hubiera sido su vida si no se hubiera marchado.

Otras veces, y ante el temor de equivocarnos en nuestras elecciones, dejamos que sean otros los que decidan por nosotros y nos dejamos llevar. Si en el caso anterior las elecciones propias generan una angustia y un desasosiego interno al sentir que nos hemos podido equivocar, en este caso, nos sentimos como si fuéramos autómatas o simples marionetas y que es otra mano la que controla los hilos de nuestra vida. También puede pasar que, por más que se intente, son elementos externos los que deciden por el individuo. En este caso, el sentimiento de alienación y de rechazo hacia uno mismo es total, pues se vive una vida que ni se quiere ni se ha elegido, ni se puede eludir. La mente se desvincula del cuerpo y este pasa a ser máquina. E.T.A Hoffmann en Los autómatas y El hombre de la arena hace de los autómatas seres perfectos, pero sin alma y la pista la dan sus ojos sin vida que producen inquietud. Realizan su trabajo admirablemente, pero no tienen alma. Al fin y al cabo, son meras máquinas. No solo los autómatas, sino que, más adelante, serán los robots (término acuñado por Karel Kapec en su obra R.U.R.) los que harán patentes las consecuencias de la industrialización: el hombre anula su alma racional y se convierte en un mecanismo sustituible por otro. Charles Dickens en Tiempos difíciles evidencia esta situación.

330px-Jekyll-mansfield
Representación del Doppelgänger en “El extraño caso del Dr. Jekykk y Mr. Hyde”. Dominio público.

Hay un elemento que también reflejan los autómatas y es el extrañamiento de la mente frente al cuerpo. El cuerpo nos determina, es nuestra carta de presentación ante los otros y, frente a la mirada del otro, podemos ser cosificados y, como los autómatas, ser convertidos en objetos. Si hay un personaje en la literatura que muestre más claramente esta situación es la criatura de Frankenstein. Leer Frankenstein es ver cómo en la figura de la criatura se encuentran los anhelos y angustias en la creación de la propia identidad. Necesitamos del otro para confirmarla, porque, si no es reconocida, es una identidad fallida. La criatura encuentra rechazo por su aspecto físico ya que no entra en los cánones establecidos y por buena que esta sea, si los otros no la ven así, la identidad se viene abajo. ¿Será que la identidad no es inherente al hombre, sino que es una imposición social? ¿Y que el cuerpo condiciona más de lo que pensamos?

Por otro lado, ¿y si ante tanta imposición social nos abandonamos a las pasiones, a nuestros propios impulsos y dejamos que nos dominen? Negar las facetas oscuras del individuo hace que surjan con más fuerzas y nadie como Robert Louis Stevenson para mostrarnos la fascinación que despierta ese lado “oculto”. Si bien su obra más conocida en este sentido es El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde, en El barón de Ballantrae, Markheim, o incluso en La Isla del Tesoro también se encuentran modulaciones del doble, aunque no se presenten de forma tan clara. Stevenson plantea una indagación sobre el bien y el mal, sus relaciones y permeabilidad mutua, ya que ambas son irrenunciables. De igual manera, tampoco se puede negar nuestra naturaleza moral, nuestra conciencia, porque, como en el William Wilson de Poe, puede objetivarse y convertirse en el doble que nos señala con el dedo.

muppets

En definitiva, nadie como el doble para poner el dedo en la llaga y expresar las dudas e inquietudes del individuo sobre sí mismo. Si en los ochenta triunfó la serie de libros “elige tu propia aventura”, este verano proponemos “elige tu propio doble”. Que disfruten con la lectura.

Imagen de portada Vince Fleming