Errar es de ángeles. Jesús Zamora Bonilla

No es infrecuente el caso de quienes se lanzan al mundo de la literatura ya bien pasada la juventud y desde la plataforma de otra profesión. Jesús Zamora Bonilla, actual decano de la Facultad de Filosofía de la UNED, y especialista en Filosofía de la Ciencia con una larga carrera docente e investigadora, se atrevió a dar el salto hace ahora cinco años con la publicación de su primera novela, Regalo de Reyes (Planeta, 2013), una historia satírica sobre el hallazgo de un manuscrito que hacía inquietantes revelaciones sobre la infancia de Jesús de Nazaret, entrelazada con la aventura de un equipo internacional de arqueólogos en la Siria de los años 50 y con las peripecias de una heterogénea, casi diríamos valleinclanesca congregación de personajes en la España actual.

erarEn su nueva novela, Errar es de ángeles (Amazon KDP, 2018), Zamora Bonilla da una vuelta de tuerca al formato de las historias trenzadas, y nos ofrece, con la misma vena humorística, tres narraciones que bien podrían leerse independientemente de principio a fin, o (tal como de hecho están publicadas) saltando de continuo entre las tres historias. En estos relatos visitamos la Híspalis de los primeros siglos del Cristianismo para asistir a las jornadas previas al martirio de las santas Justa y Rufina, y trescientos años después, en el mismo escenario, a los preparativos de un falso milagro, ya en la época de los Visigodos, con un san Isidoro de Sevilla (“patrono” de los estudios humanísticos) que aparece en la trama en calidad de “secundario de lujo”. La parte central de la novela, cronológicamente hablando, transcurre en nuestra época, a través de un agente de la CIA infiltrado en una extraña secta islámica, mientras que el último episodio nos conduce a un futuro muy lejano, nada menos que dentro de seis milenios, cuando gran parte de la superficie terrestre ha sido abandonada y convertida en una reserva natural como consecuencia de una conflagración apocalíptica.

El hilo que va uniendo todas estas historias es la misión de un equipo de ángeles, encargados de transmitir de una vez por todas a los seres humanos la verdadera Revelación, tras numerosos intentos en los que el mensaje divino ha sido malinterpretado por los diferentes profetas y tergiversado por las innumerables sectas y confesiones que han venido tras ellos.
Se percibe a lo largo de Errar es de ángeles un notable trabajo de documentación y ambientación, que el autor resume al final de la obra en un breve “Apéndice histórico”. Es también de destacar el esfuerzo de que la novela se pueda leer, precisamente, sin esfuerzo (a pesar de su considerable longitud: cerca de 700 páginas), con capítulos bastante breves y de acción trepidante, sin recurrir a un lenguaje innecesariamente erudito ni a digresiones que puedan aburrir al lector. Y todo ello, además, huyendo siempre de los tópicos que suelen plagar muchas obras “de género” (histórico, policíaco, ciencia-ficción…), tanto en la trama, como en la caracterización de los personajes y lugares, o en el propio lenguaje del texto.
Añadamos también el dato, nada despreciable, de que la novela ha quedado entre los finalistas de la última edición del Premio Fernando Lara, el segundo de mayor cuantía económica de los que se otorgan a obras en español.

Zamora Bonilla, Jesús. Errar es de ángeles. Amazon KDP, 2018.

Imagen de portada: Rachel Titiriga 

Una larga canción. Andrea Levy.

Mirella García Lucas

No obstante la coincidencia de nombre con cierta representante política española, la autora de Una larga canción, Andrea Levy, nació en Londres en 1956. Hija de padres jamaicanos, es autora de cinco novelas, sólo dos de las cuales – Pequeña isla y Una larga canción – han sido traducidas al castellano. Sus novelas, impregnadas a menudo con una fuerte carga autobiográfica, exploran las dificultades a las que se tuvieron que enfrentar los inmigrantes negros y sus hijos ya nacidos en la isla, en la Gran Bretaña de la segunda mitad del s. XX, cuando los habitantes de las hasta entonces colonias empezaron a trasladarse a la metrópolis. Destaca entre su producción Pequeña isla (Anagrama, 2006), que ganó premios tan prestigiosos como el Orange Prize for Fiction, el Whitbread Book of the Year y el Commonweath Writers’ Prize; y que fue adaptada por la BBC en una miniserie del mismo título.
largaEn su quinta y última novela hasta la fecha, Una larga canción (El Aleph, 2011), Levy abandona por primera vez la Gran Bretaña del siglo XX para trasladarse a la tierra de sus ancestros, la Jamaica del siglo XIX. Ganadora del premio Walter Scott de novela histórica de ficción y finalista del Man Booker Prize 2010, la historia se sitúa a principios del siglo XIX en la isla caribeña, en las últimas décadas antes de la abolición de la esclavitud por parte del parlamento británico el 1838. Aunque en principio Una larga canción narra la vida de July, una esclava nacida en una plantación jamaicana de azúcar, la estructura del relato parte de un interesante juego metaficcional. En un primer prefacio datado en 1898, el supuesto editor de la obra, Thomas Kinsman, atestigua que el libro ha sido escrito por su propia madre, July, una antigua esclava a quien él mismo ha pedido que explique sus memorias, que él considera de gran interés ya que July fue testimonio directo tanto de la época de la esclavitud como del periodo de emancipación. Y July así lo hace para satisfacción de su hijo, aunque la historia que cuenta no siempre sea del agrado de su vástago:

“Lector, me dice mi hijo que este es un modo poco elegante de contar una historia”.

confiesa July nada más empezar el capítulo primero. Esta manera directa de referirse al lector como si fuese un interlocutor presente en el relato es otra de las (muchas y acertadas) características de la novela, que remite así a la tradición oral de los pueblos africanos esclavizados en Jamaica; ya que July, como narradora, a menudo se referirá al lector como si este fuese una audiencia presente ante ella, cosa que dará a su relato una gran cercanía y humanidad:

“Lector, debo susurrarte una verdad. Ven, acerca el oído a esta página. Arrímate un poco más, pues debo hablarte con franqueza acerca del último capítulo que acabas de leer. ¿Me escuchas, lector? Déjame pues que te trasmita un hecho en voz queda: ese no era el modo en que solían conducirse los hombres blancos en esta isla caribeña”.

Y con este desparpajo tan característico cuenta July su historia, desde su concepción fruto de los abusos de un capataz blanco a una de las esclavas, hasta su desafortunada relación con el amo inglés de la plantación; pasando por su niñez como esclava doméstica o los terribles momentos de la rebelión bautista del 1831, cuando los esclavos jamaicanos intentaron rebelarse ante la dominación blanca, sólo para ser aplastados por las tropas británicas y represaliados sin piedad.

Pero no obstante la naturaleza aberrante de los tiempos y las situaciones que narra, otro de los principales rasgos que caracterizan esta novela es su innegable sentido del humor, el tono cómico que exudan algunas de sus escenas, como por ejemplo la cena de navidad que ofrece Caroline Mortimer, dueña de la plantación, con el objetivo de impresionar a sus vecinos más distinguidos, pero que es boicoteada sagazmente por los esclavos que la sirven, en un episodio que recuerda más a una ópera bufa que a una novela histórica al uso. Consigue así Andrea Levy denunciar la esclavitud a través de los mecanismos del humor y de la reducción al absurdo, y también de la inmensa alegría de vivir de sus protagonistas.
Porque, aunque apaleados, violados y masacrados, los esclavos de Una larga canción nunca son víctimas sometidas, sino que conservan en todo momento su dignidad y su resiliencia, contrastando así con sus amos blancos, patéticos y moralmente estúpidos, dependientes y engañados por los esclavos a los que creen poseer.

Por muy terribles que sean los momentos que atraviesa a lo largo de la novela, July nunca perderá su indomable optimismo, un optimismo que acaba contagiándose al lector. July es una superviviente, una luchadora nata que acabará superando, con gran determinación, todos los escollos de su vida de esclava. Y es que Una larga canción es una magnífica historia de superación, el testimonio del paso desde una situación degradante hasta la conquista de la dignidad humana, por parte de una comunidad, la de los esclavos de raza negra, que fueron arrancados de sus hogares africanos para ser explotados laboralmente en las grandes plantaciones americanas. Una historia con un aparente final feliz, la libertad largamente ansiada, y que se simboliza en el personaje de July. Pero, como nosotros mismos leemos a lo largo de Una larga canción y el propio hijo de July nos recuerda en el epílogo de la novela, este final feliz ha tenido un coste enorme, y ha dejado por el camino dolor, crueldad, resentimiento, muerte, heridas e incluso historias inconclusas que aún quedan por resolver y que, desgraciadamente, quizá no se resuelvan jamás.

Imagen de portada: Annie Spratt

Escritor, póngame un doble… o dos

Ana Parra

¿Por qué hay temporadas en las que en televisión se emite el mismo tipo de programas, la cartelera se inunda con el mismo género cinematográfico y en literatura la temática es muy parecida? Esto se llama moda y es muy interesante observar cómo, en un determinado momento de la historia (a partir de finales del siglo XVIII), la figura literaria del doble eclosiona y adquiere una profundidad que hasta entonces no tenía.

Los dobles, como si fueran la conciencia de mano a la que aludía Markheim cuando se mira en el espejo, vienen a mostrarnos las contradicciones del ser humano: esa porción de nosotros mismos que permanece oculta, reprimida y que necesita salir a la luz, aunque sea de manera ocasional, para mostrarnos que la identidad es más compleja y lábil de lo que se suponía en la Modernidad; la naturaleza animal de la que somos parte y que, si queremos formar parte de la sociedad, es conveniente tenerla sometida y no mostrar al animal que llevamos dentro; un cuerpo que nos determina y que es nuestro escaparate frente al mundo. La vida es insatisfactoria y los dobles van a poner de manifiesto ese malestar. Como en botica, hay dobles para todo.

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Ilustración del relato “William Wilson” de Edgar Allan Poe.

La vida está llena, o eso tendemos a pensar, de oportunidades perdidas u ocasiones frustradas. No conozco a nadie que en algún momento determinado no se haya preguntado el motivo por el cual decidió seguir un camino y no otro. Y, sobre todo, qué hubiera pasado con la opción desechada. El escritor alemán Jean Paul fue el inventor de la palabra Doppelgänger y dotó al concepto de doble de mayor contenido filosófico. No es un escritor fácil, sus obras destilan ironía (él mismo se introduce como personaje de sus obras para opinar) y sus finales, aparentemente felices, dejan al lector con un sabor agridulce porque las opciones elegidas no implican una felicidad o infelicidad absolutas. Tanto en Siebenkäs: Bodegón de frutas, flores y espinas o Vida conyugal, muerte y nuevas nupcias del abogado de pobres F. St. Siebenkäs —obra en la que aparece el concepto (en un pie de página) — como en La edad del pavo, los dos protagonistas representan diferentes opciones vitales: uno de ellos asume una identidad más convencional que le permite integrarse en la sociedad y el otro reivindica su libertad individual separándose de lo socialmente aceptado. Esto es, o renuncias a parte de la libertad para formar parte de la sociedad o decides actuar libremente, lo que implica estar al margen, vivir en soledad. Henry James, en un cuento corto titulado La esquina alegre, pone a su protagonista en esa tesitura y el doble le muestra cómo hubiera sido su vida si no se hubiera marchado.

Otras veces, y ante el temor de equivocarnos en nuestras elecciones, dejamos que sean otros los que decidan por nosotros y nos dejamos llevar. Si en el caso anterior las elecciones propias generan una angustia y un desasosiego interno al sentir que nos hemos podido equivocar, en este caso, nos sentimos como si fuéramos autómatas o simples marionetas y que es otra mano la que controla los hilos de nuestra vida. También puede pasar que, por más que se intente, son elementos externos los que deciden por el individuo. En este caso, el sentimiento de alienación y de rechazo hacia uno mismo es total, pues se vive una vida que ni se quiere ni se ha elegido, ni se puede eludir. La mente se desvincula del cuerpo y este pasa a ser máquina. E.T.A Hoffmann en Los autómatas y El hombre de la arena hace de los autómatas seres perfectos, pero sin alma y la pista la dan sus ojos sin vida que producen inquietud. Realizan su trabajo admirablemente, pero no tienen alma. Al fin y al cabo, son meras máquinas. No solo los autómatas, sino que, más adelante, serán los robots (término acuñado por Karel Kapec en su obra R.U.R.) los que harán patentes las consecuencias de la industrialización: el hombre anula su alma racional y se convierte en un mecanismo sustituible por otro. Charles Dickens en Tiempos difíciles evidencia esta situación.

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Representación del Doppelgänger en “El extraño caso del Dr. Jekykk y Mr. Hyde”. Dominio público.

Hay un elemento que también reflejan los autómatas y es el extrañamiento de la mente frente al cuerpo. El cuerpo nos determina, es nuestra carta de presentación ante los otros y, frente a la mirada del otro, podemos ser cosificados y, como los autómatas, ser convertidos en objetos. Si hay un personaje en la literatura que muestre más claramente esta situación es la criatura de Frankenstein. Leer Frankenstein es ver cómo en la figura de la criatura se encuentran los anhelos y angustias en la creación de la propia identidad. Necesitamos del otro para confirmarla, porque, si no es reconocida, es una identidad fallida. La criatura encuentra rechazo por su aspecto físico ya que no entra en los cánones establecidos y por buena que esta sea, si los otros no la ven así, la identidad se viene abajo. ¿Será que la identidad no es inherente al hombre, sino que es una imposición social? ¿Y que el cuerpo condiciona más de lo que pensamos?

Por otro lado, ¿y si ante tanta imposición social nos abandonamos a las pasiones, a nuestros propios impulsos y dejamos que nos dominen? Negar las facetas oscuras del individuo hace que surjan con más fuerzas y nadie como Robert Louis Stevenson para mostrarnos la fascinación que despierta ese lado “oculto”. Si bien su obra más conocida en este sentido es El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde, en El barón de Ballantrae, Markheim, o incluso en La Isla del Tesoro también se encuentran modulaciones del doble, aunque no se presenten de forma tan clara. Stevenson plantea una indagación sobre el bien y el mal, sus relaciones y permeabilidad mutua, ya que ambas son irrenunciables. De igual manera, tampoco se puede negar nuestra naturaleza moral, nuestra conciencia, porque, como en el William Wilson de Poe, puede objetivarse y convertirse en el doble que nos señala con el dedo.

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En definitiva, nadie como el doble para poner el dedo en la llaga y expresar las dudas e inquietudes del individuo sobre sí mismo. Si en los ochenta triunfó la serie de libros “elige tu propia aventura”, este verano proponemos “elige tu propio doble”. Que disfruten con la lectura.

Imagen de portada Vince Fleming

La fiebre negra, Andrea Barrett

Leire Frisuelos

fiebreEl descubrimiento de La fiebre negra, de Andrea Barrett (Boston 1954), ha supuesto para mí, tras una época de abstinencia lectora, un feliz reencuentro con la ficción. Ganadora del National Book Award  en 1996, la obra ha sido publicada por primera vez en castellano por Nórdica, a comienzos de este año.

En los ocho relatos que componen el libro, la ciencia se emplea como un hilo para tejer historias. Temas habituales en literatura como las relaciones de pareja, la llegada de la muerte o el papel de la mujer en una sociedad de hombres se desarrollan en torno a la ciencia como nexo de unión, o mejor dicho, en torno al amor por la ciencia (Barrett es bióloga además de escritora, y se nota).

Algunos de los relatos tienen por personajes a Mendel, Linneo, Darwin o Humboldt. En ellos, la autora consigue que el lector se apasione con el transcurso de sus investigaciones, ya se trate de la hibridación del guisante o de descubrir si las golondrinas hibernan bajo el agua en invierno. Pero también que empatice con su lado más prosaico, el que les iguala al resto de las personas, como en el caso de Linneo enfrentándose a sus fantasmas pocas horas antes de morir.

Barrett perfila con acierto historias y caracteres a partir de nombres archiconocidos que, para algunos, se reducían a una entrada en la enciclopedia. Como sucede en la novela histórica, a la que la autora americana ha dedicado parte importante de su obra, desarrolla una ficción -sólida y cohesionada- basada en personajes reales. Otras de las historias, las situadas en época más reciente, están protagonizadas por personajes anónimos relacionados con la ciencia de una manera u otra.

Además del nexo científico, las relaciones cruzadas entre personajes de distintas historias, como actores que entran y salen de escena, hace que los relatos formen un conjunto con sentido. El protagonista de un relato de unas páginas atrás aparece de pasada en el siguiente, en el que es objeto de conversación o tiene una función secundaria. Así, se da una lectura cerrada a nivel del relato, y otra panorámica que permite observar desde arriba el conjunto de la obra.

No es posible hablar de La fiebre negra sin mencionar el carisma de los personajes femeninos. Son en muchos casos mujeres del XIX que adoptan el conocimiento como un modo, -el único, probablemente- de escapar del papel de sobra conocido que los hombres les habían reservado. Ellas sienten pasión por esa actividad que realizan los hombres fuera de su vista. Tienen afán por experimentar, establecer y refutar hipótesis y ser, de esta manera, libres, aunque tengan por ello que pagar el precio del aislamiento y la marginación.

La fiebre negra, Andrea Barrett, trad. de Magdalena Palmer. Madrid: Nørdica Libros, 2008.