Quien no tenga un cable cruzado que tire la primera piedra. Jose Mª Buceta

La imaginación consuela a las personas
de lo que no pueden ser. El humor las
consuela de lo que son.

Winston Churchill

Teresa Merelo de las Peñas

Pero… ¿de qué hablamos cuando hablamos de humor?  Cuando intentamos definirlo resulta un concepto complejo, sofisticado y difícil de describir. Haciendo un ejercicio de reduccionismo, podríamos decir  que es la capacidad  de ver la realidad de un modo especial, resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas; y si lo hacemos desde un punto de transgresión, nos ofrece una interpretación distinta de las situaciones, donde podemos apreciar los contrastes y los sinsentidos.

Como dice Darío Fo, la risa denota sentido crítico, fantasía, inteligencia, distancia frente a todo fanatismo. Creo que por eso, justamente, la religión y la política tienden a excluir el humor. Y por eso también,  cuanto más dogmática es una sociedad, menos sentido del humor hay en ella, porque el humor permite romper las reglas y escaparse, por un momento,  de lo establecido.

  Esta vía de escape tiene consecuencias muy interesantes. Al reír y  mirar las cosas de manera distinta podemos acceder  a una forma de análisis diferente, que facilita el afloramiento de soluciones creativas con las que abordar nuestros problemas cotidianos. Ya Freud escribió que el humor es el mayor mecanismo de defensa del ser humano, pues sobreponerse a una situación mediante el humor, es una fantástica válvula de seguridad que nos protege de  aquello que nos deshumaniza o nos niega la alegría de vivir, fomentando una actitud positiva frente a la vida.

Además, el  humor no sólo es divertido, también es bueno para nuestra salud.  Está comprobado que los estados de ánimo influyen de manera muy positiva en la salud de las personas. Cuando el humor está presente en nuestro día a día, pone en marcha mecanismos fisiológicos que nos protegen y mejoran nuestro funcionamiento general.  Como resultado estamos menos crispados, más relajados y cargados de energía.  Cuando nos desenvolvemos en un entorno que contempla y fomenta el humor, además de mejorar nuestro estado físico en general, aumenta  nuestra motivación,  mejora  la comunicación y se potencia la  creatividad. Somos capaces  de darle la vuelta a las situaciones,  reírnos de las tristezas y las injusticias y mejorar,  como  dijimos, nuestra eficacia ante ellas. 

Como dice Javier del  Rey Morató,  el humor es un producto muy sofisticado que pone en juego la inteligencia, y con el que la inteligencia también se divierte a sí misma.  Sin embargo, como cualquier herramienta, es preciso tener cuidado al emplearlo, ya que sus beneficios sólo son consistentes si el humor es adecuado al momento y el lugar, pertinente al tema que se trata, y evita las variedades más agresivas y ofensivas (estamos hablando de una cosa muy seria!! )

Creo en el humor y en su capacidad para ayudarnos a vivir mejor la vida (especialmente en tiempos de crisis que es cuando hay que echarle más humor a todo).  Así que el encuentro con la obra de José Mª Buceta ha sido para mí una muy agradable sorpresa. En ella he encontrado  ese  humor, tan refrescante y beneficioso, que anima a mirar sin dramatismos nuestras desventuras e infortunios.

  Quien no tenga un cable cruzado…
narra las vidas cruzadas de diferentes personajes, relatadas con ironía, crítica y humor.  Del mismo modo que el teatro del absurdo mostraba la sociedad a partir de los excesos,  el autor nos hace reflexionar sobre situaciones actuales a través de unas historias que, a priori, nos pueden parecen disparatadas, pero que finalmente no lo son tanto. El autor utiliza el humor de forma inteligente, haciendo  sonreír a menudo e incluso reír en ocasiones, algo tan difícil de lograr. En la obra no hay juicios, sólo una amable  comprensión  que consigue que nos aproximemos a las extravagantes correrías de sus personajes de manera desenfadada, animándonos a acompañarlos, con  un cierto cariño, en su ir y venir, entre consulta y consulta,  buscando  soluciones.

  Su lectura, fácil y amena, nos muestra un ser humano  plagado de imperfecciones, con sus contradicciones y problemas: el conformismo, la inseguridad, el miedo, la obsesión, la falta de empatía, la tristeza, la angustia… Reconozcámoslo, el Dr. Henry Tuales, famoso psicoterapeuta francés que enlaza varias de las historias, y sus colegas de profesión, tienen mucho trabajo por hacer, porque…  ¡quien no tenga un cable cruzado!

La hija de Robert Poste. Stella Gibbons

 Leire Frisuelos

“Que otras plumas se ocupen de la culpa y las desgracias”. A modo de declaración de intenciones, esta cita de Mansfield park, que encabeza la novela, guía a su autora a lo largo de las páginas de su divertidísimo libro, publicado en 1932. Cold Comfort Farm, titulado así en el original, parodia las novelas inglesas de ambiente rural de mediados del XIX y principios del XX, y se burla con ingenio del estilo pomposo de escritores consagrados como Eugene O’Neill o las hermanas Brontë.
La protagonista, Flora Poste, es una joven londinense descarada y manipuladora, que se encuentra en la ruina tras la muerte de sus padres. Sus ocupaciones preferidas son tomar el té con sus amigos y tomar el té con sus amigos. Está decidida a no trabajar en nada durante el resto de su vida y, para lograrlo, contacta uno a uno con todos sus parientes, esperando que alguno le ofrezca alojamiento gratuito y una existencia despreocupada.

   Tras múlitples rechazos y excusas, los únicos dispuestos a alojar y mantener a Flora son unos primos lejanos que habitan una oscura y destartalada granja (Cold Comfort Farm) en Sussex: los Starkadder. Estos componen una galería grotesca de personajes rurales y testarudos, que actúan movidos por instintos animales: “La vida ardía en ellos con extrema virulencia”. La tía Ada Doom y su locura parecen ser el centro de esta familia de desquiciados regidos por excéntricas reglas. Por si fuera poco, la llegada de Flora coincide con la floración de la Parravirgen, una planta con propiedades afrodisíacas que crece en la granja y que altera, más si cabe, el comportamiento de sus habitantes. Con este panorama poco alentador se topará Flora Poste quien, lejos de amilanarse, pondrá en marcha un plan que revolucionará por completo la “apacible” vida familiar.

   Desde la primera página Stella Gibbons critica con acidez e ingenio a numerosos escritores de su tiempo. Aquí consigue la complicidad del lector actual, quien no precisa conocer el referente concreto para disfrutar del sarcasmo:

“Flora tenía un sueño horroroso; se sentía como si estuviera asistiendo a las obras de teatro de Eugene O’Neill; esas obras que duran horas y horas, hasta que los inspectores de la Real Sociedad para la Prevención de la Crueldad con los Espectadores llama a las puertas del teatro e insisten en que hagan al menos una pausa para el té”. 

Stella Gibbons

  En una genial pirueta humorística, Gibbons utiliza un sistema de puntuación (uno, dos y tres asteriscos) para indicar los pasajes de “mayor calidad literaria”, siendo los señalados con tres asteriscos los más engolados, cursis y soporíferos. De esta forma ayuda a los lectores a reconocer los fragmentos óptimos y a los críticos a realizar su labor.

   El sentido del humor que empapa la obra, se sustenta también en el uso del lenguaje. Por un lado, el texto está plagado de dobles sentidos y referencias implícitas (y en esto hay que agradecer las notas del traductor), como en los nombres de los personajes: Beetle, Agony, Doom, Mybug, etc. Y por otro, Gibbons transcribe fonéticamente el habla rural de Sussex, lo que imaginamos arrancará las sonrisas de los angloparlantes, rematando  la sátira a la perfección.

  La hija de Robert Poste nos descubre a una brillante y moderna narradora con una parodia al borde del absurdo, llevada con acierto y recomendable para cualquiera que quiera olvidarse “de la culpa y las desgracias”.

Stella Gibbons. La hija de Robert Poste. Trad. de: José C. Vales. Madrid: Ed. Impedimenta, 2010.

El pisito: novela de amor e inquilinato, de Rafael Azcona

Leire Frisuelos

El escritor y guionista Rafael Azcona es una de las figuras más destacadas del cine español. Trabajó con directores de la talla de Marco Ferreri, García Berlanga, José Luis Cuerda y Pedro Olea, participando en un buen número de películas que marcarían hitos en la historia de nuestro cine: El verdugo, La vaquilla, Plácido, El bosque animado, La lengua de las mariposas, etc. Aunque su faceta literaria, que desarrolló durante los años cincuenta, es menos conocida, su obra narrativa pone de relieve a un habilidoso escritor con un estilo propio, marcado en todo momento por la intención humorística.

Azcona, que comenzó su carrera como colaborador de la revista La codorniz, escribió varias novelas en la década de los cincuenta en las que dirige su mirada sobre las situaciones de la vida cotidiana, exagerando ciertos rasgos para potenciar su lado cómico y estrafalario. Es el suyo un realismo pasado por el tamiz de lo caricaturesco, que se aleja completamente del realismo social imperante en la narrativa de la época, donde había poco espacio para el humor.

En El pisito (1957), Rodolfo y Petrita no pueden permitirse el alquiler de un piso en Madrid para hacer realidad el sueño de vivir juntos. Rodolfo está realquilado en casa de Doña Martina, una anciana de ochenta años que posee un contrato de alquiler de renta antigua. Como solución a sus problemas, Petrita propone casar a Rodolfo con la vieja, con el fin de que éste herede el contrato del piso a su muerte. La precaria situación de estos personajes, producto de la coyuntura económica y social de la España franquista, está presente en un segundo plano, velada tras el virtuosismo de Azcona para crear situaciones delirantes.

Aunque Rodolfo y Petrita protagonizan El pisito, en muchos sentidos la novela funciona como obra coral: baile de personajes que entran y salen de escenas en las que tienen lugar acciones simultáneas hábilmente orquestadas. En este aspecto cobra importancia el empleo del diálogo rápido y brillante, base sobre la que se construye la novela, a través del cual Azcona deja patente sus dotes de observador y su extraordinaria capacidad para recrear el habla coloquial del Madrid de los cincuenta, chascarrillos de taberna y cháchara vecinal incluidos.

En la taberna se sentía la proximidad de la Monumental […] y olía apestosamente a gallinejas o a algo peor; en el mostrador discutían dos empleados de banca -uno del Español de Crédito y otro del Central- a cuenta de cuál de las dos entidades tenía la cartera más fuerte, y en una de las mesitas del fondo una morenaza con un diente de oro -la mujer del dueño- les servía anís a unos taxistas que jugaban al mus.

Esta novela de amor e inquilinato, que Marco Ferreri llevaría al cine con guión del propio Azcona, es ante todo un libro para reír durante varias horas, pero es también el fracaso de una relación de pareja, un retrato de ambientes, la historia de unos personajes un poco patéticos que sobreviven como pueden en el Madrid franquista de mitad de siglo y, sobre todo, es una brillante creación literaria del siempre imprescindible Azcona.

Azcona en la Biblioteca

Groucho y yo

Leire Frisuelos

Un libro de memorias escrito por Groucho Marx no podía ser un libro de memorias al uso. En él no aparecen confesiones íntimas ni datos desconocidos sobre la vida privada del autor; el único objetivo de esta obra es divertir y lo consigue con creces.
Groucho nace con el cambio de siglo —“no voy a decir qué siglo, cada uno puede hacer sus conjeturas”, sostiene al comienzo del libro—, en el seno de una familia humilde de Yorkville, Nueva York. Desde muy jóvenes, tanto él como sus hermanos se ven obligados a ganarse la vida como pueden, aceptando pequeños trabajos. Pronto hacen aparición las dotes artísticas y musicales de todos ellos y comienzan su andadura en la  comedia de variedades. Son unos años duros, de giras interminables por pequeñas ciudades, en condiciones ínfimas y a cambio de muy poco dinero, pero les servirán para darse a conocer y abrirse camino en el mundo del espectáculo. De aquí darán el salto a Broadway para más tarde triunfar definitivamente en el cine, donde alcanzarán sus mayores éxitos.

Este libro consiste en un encadenamiento de anécdotas y situaciones absurdas, como las que mostraban sus películas, en las que lo importante era el sketch en detrimento del argumento, narradas con un ritmo ágil. La habilidad de Groucho Marx reside en su capacidad para enlazar una anécdota con otra y que esto no canse al lector, sino todo lo contrario, que consiga atraparlo e introducirlo en su universo hilarante y genial. Otro asunto diferente es la veracidad de lo que narra; suponemos que en algunos casos los acontecimientos debieron de ser ciertos, en muchos, exagerados y en otros tantos, producto de su imaginación.

Supongo que uno podría escribir una autobiografía detallada, honesta y sincera, pero para ir sobre seguro debería ser publicada póstumamente.

Lo que hace de Groucho y yo un libro interesante es su sentido del humor irónico y mordaz, sus irreverencias y su estilo personal, es decir, su lado más Groucho (y menos yo). Groucho ha trasladado al papel de manera acertada la esencia de su personaje, sus réplicas sorprendentes y sus chispeantes frases para recordar.

El problema de escribir un libro acerca de ti mismo es que no puedes andarte con bromas. Si escribes acerca de otra persona, puedes estirar la verdad de aquí a Finlandia. Si escribes acerca de ti, la más mínima desviación te hace dar cuenta de inmediato que bien puede haber honor entre los ladrones, pero que tú eres un cochino mentiroso.

Groucho Marx en la Biblioteca