Canadá, de Richard Ford

Beatriz Tejada
Imagen tomada de la Editorial Anagrama
Canadá, la octava novela del escritor estadounidense Richard Ford, comienza con el narrador revelando en sus dos primeras frases, de una manera directa y descarnada, los dos hechos dramáticos que cambiarán su vida para siempre: el robo a un banco cometido por sus padres y los asesinatos que se sucedieron.
Cuando los hechos acaecieron Dell Parsons, protagonista y narrador, y su hermana melliza, Berner, tenían 15 años. Junto con sus padres, Bev y Neeva, muy diferentes entre sí, llevaban una vida convencional en Montana, que representa el mundo rural americano. Sin embargo, los errores cometidos por sus padres en su afán de supervivencia hacen que su mundo se derrumbe, forzando a los hermanos a acceder a la madurez de manera anticipada, inducida por la tragedia.
La primera parte de la novela está dedicada a contextualizar los hechos, la vida previa que llevaban y los deseos, anhelos y frustraciones de cada uno de los progenitores. Cuenta qué les empujó a robar, cómo vieron a sus padres esos días, la detención y la repentina sensación de abandono en la casa familiar tras el arresto. A partir de aquí,  Ford, con su característico lenguaje áspero, hace que el protagonista se vea despojado de la inocencia por la fuerza de los hechos. Berner decide marcharse antes de que una amiga de la madre recoja a Dell y lo lleve a Canadá con su hermano. Sus vidas llevarán caminos diferentes.
A lo largo de la novela se conjuga en sus protagonistas la necesidad de huir del pasado con la extrañeza de lo perdido, lo que se deja atrás, y la necesidad de construir un futuro nuevo. Detrás de esta vivencia particular está la historia del mito fundacional de los EEUU: la posibilidad de empezar de nuevo en otro lugar y hacerse a uno mismo. Pero en este caso, el poder volver a empezar sólo es posible para el protagonista desde el otro lado de la frontera, simbólicamente muy significativa. Las vidas de Dell y Berner correrán separadas por esa frontera. En 50 años sólo tendrán 3 encuentros y un reencuetro al final de la novela que recapitulará sus vidas. Lo que cada uno fue capaz de hacer con los sucesos sobrevenidos les convirtió en dos personas completamente diferentes con suertes muy alejadas.

Cánada ha sido publicado en castellano por la Editorial Anagrama, en la colección Panorama de narrativas. Traducción: Jesús Zulaika. 512 páginas. 
ISBN 978-84-339-7871-4

Richard Ford (Jackson, Misisipi, 1948) ha sido galardonado con el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2016.
Entrevista a Richard Ford en el programa de RTVE Página 2 y en ABC Cultural.

Dewey, la historia real de un gato bibliotecario

Pep Burgoa

Si es de los que piensan que las historias de animales -o en las que un animal adquiere un singular protagonismo- son meros relatos para niños o a lo sumo, para almas cándidas más o menos alejadas de la dura realidad, este libro no es para usted, aunque tal vez podría darse una oportunidad y leerlo, por si acaso.

La obra que ahora me gustaría recomendarles lleva por título Dewey, y su autora es Vicki Myron, en colaboración con Bett Witter. La historia, como casi todas las historias reales, es simple sólo en apariencia, y abarca desde un gélido amanecer de enero de 1988, en que la directora y una empleada de la biblioteca pública de la pequeña población de Spencer (Iowa) advierten la presencia de un gatito aterido, sucio y famélico en el buzón de devoluciones hasta su muerte, en 2006. Casi veinte años son muchos años, no sólo en la vida de un gato, sino en la de una biblioteca y en la de los habitantes de la ciudad que la alberga.

Vicki Myron, autora principal del libro y directora de la biblioteca de Spencer durante todo el período que abarca el relato, es una mujer que se graduó tardíamente, fue madre soltera, se divorció de un marido alcohólico y padeció durante esos casi veinte años graves problemas de salud. No da el perfil, por tanto, de alguien propenso al sentimentalismo fácil ni mucho menos, a la sensiblería. Tal vez convenga aclararlo en un país, como el nuestro, poco proclive, en términos generales, al afecto, respeto y ya no digamos empatía hacia los animales.

A través de sus páginas, la autora narra sus propias vicisitudes como profesional, madre y ciudadana y las de la comunidad a la que sirve. Años duros de reconversión, con las grandes compañías al acecho hasta adueñarse de buena parte de los recursos de la ciudad e imponer sus nuevas reglas económicas, sociales y laborales. Años en los que la propia biblioteca transita sin tregua hacia el mundo tecnológico, cambiando de raíz sus métodos, instrumentos y tareas sin dejar por ello de ser lo que, en el fondo, todos quieren que siga siendo.


Y en medio de este torbellino, Dewey Readmore Books -su nombre completo-, un gato al que, aunque su dueña insista en atribuir, como es natural, un carácter excepcional -¿y qué “madre” no lo haría?- es, como casi todos los gatos a los que se concede una oportunidad, a la vez sociable y solitario, inquieto e hipnótico, modesto y cautivador.
Desvelar las múltiples anécdotas que de la vida de nuestro gato se narran en el libro sería estropear su lectura, de modo que no lo haré. Baste señalar que nunca hubo mejor campaña de marketing bibliotecario, acaso porque no se diseñó ni planificó, sino que ocurrió de forma casual e involuntaria; que nunca los niños y los ancianos -esas dos etapas de la vida en las aún no se tienen o se han abandonado definitivamente los prejuicios- frecuentaron tanto una biblioteca ni se sintieron tan a gusto en ella; que jamás un empleado acudió con menos reticencias a su lugar de trabajo, incluyendo, por turnos, los días festivos, porque los animales, como nosotros, también comen y se alegran de nuestra presencia en esos días; que la vida y la muerte son la única certeza que tenemos y que si un simple gato es capaz de realizar todos y cada uno de esos milagros, merece no sólo nuestra ternura, sino también nuestra admiración.

Dewey Readmore Books, cuyo nombre evoca al de Melvil Dewey (1851-1931), el ilustre bibliotecario creador del sistema de clasificación decimal que lleva su nombre, no es un personaje de ficción. Por eso nunca salvó la vida a nadie, aunque muchos de los que lo conocieron aseguren que contribuyó a mejorar las suyas. Tampoco moralizaba, como esos protagonistas, relamidos e impostores, de las fábulas y demás monsergas ejemplarizantes. Ni siquiera delataba a los infractores, como hubiera hecho cualquier perro policía. No, Dewey sólo paseaba su peluda anatomía a lo largo y ancho de SU biblioteca (no duden de que era suya, sólo que aceptaba compartirla) con la majestuosa y, por eso mismo, un tanto cómica indiferencia de los felinos.

En su larga vida, sólo una vez se escapó de la biblioteca. Apareció tres días después, oculto bajo un automóvil y muerto de miedo tras comprobar cómo es el mundo ahí afuera. Ya tuvo bastante. Y eso que, pese a su aparente vida regalada, Dewey tenía asignadas, por parte de la Dirección, un buen número de tareas, tales como:

Reducir el estrés de los humanos prestándoles atención.
Sentarse a las puertas de la biblioteca cada mañana a las 9.00 h. para dar la bienvenida al público.
Inspeccionar todas y cada uno de las cajas ingresadas en la biblioteca, con el fin de detectar problemas     de   seguridad y niveles de confort.
Asistir a todas las reuniones en calidad de embajador oficial de la biblioteca.
Proporcionar, en la medida de lo posible, entretenimiento al personal y a los visitantes de la biblioteca.
Aposentarse sobre mochilas y carteras mientras los usuarios trataban de recuperar, no sin dificultad,    papeles y documentos necesarios para el estudio.
Generar publicidad nacional e internacional para la Biblioteca Pública de Spencer, lo que incluía posar para fotógrafos, sonreír ante las cámaras y, en general, mostrarse encantador.
Trabajar duro por alcanzar el estatus de gato más remilgado del mundo, rechazando aquellos alimentos que no fueran los más caros y exquisitos, e incluso, no pocas veces, desdeñando los mejores.

Las autoridades municipales de Spencer, que toleraron, no sin reticencias, la presencia de Dewey en la biblioteca y se beneficiaron de su posterior fama sin asignar un centavo a su manutención, que fue siempre asumida por el personal de la biblioteca o por patrocinadores interesados, trataron de retirarlo -daba, según ellos, “mala imagen”- cuando su aspecto dejó de ser, con el paso del tiempo, el de un gato lustroso y pletórico. Por fortuna, no lo consiguieron, y Dewey llegó al final de sus días sin abandonar su querida biblioteca. Cuando el  tumor que se le había extendido se reveló incurable, una mano compasiva le aplicó la eutanasia el 29 de noviembre de 2006. La ausencia de Dewey se hizo tan palpable y dolorosa para la directora de la biblioteca que solicitó y obtuvo la jubilación. Haciendo de la necesidad virtud, Vicki Myron nos ha legado este precioso libro que ahora espero que les emocione, como me conmovió a mí y a millones de lectores de todo el mundo.

La biblioteca pública de Spencer no ha vuelto a tener gatos en plantilla. Sin embargo, no se trata de una experiencia aislada. En la página web de Iron Frog Productions, existe un censo de los gatos de los que se sabe que viven o han vivido en bibliotecas públicas, universitarias o de investigación. En total, alcanzan la cifra de 808, de los cuales 663 en los Estados Unidos y el resto en países tan dispares y distantes como Australia, Francia, Nueva Zelanda, Croacia, Canadá, Reino Unido, Islandia, Italia, Hungría, Alemania, Letonia, Holanda, Portugal, Sudáfrica, Namibia, Ucrania, Rusia o Japón. No se tiene constancia de gatos “oficialmente” residentes en bibliotecas españolas, aunque, de haberlos, a muchos nos gustaría saber de ellos.

Como sucede a menudo con los best-sellers, la historia de Dewey está a punto de saltar a la pantalla, con Meryl Streep en el papel de Vicki Myron. Habrá que esperar a ver los resultados y confiar en que Dewey, el auténtico protagonista, haya sido emulado con talento y verosimilitud por alguno de sus congéneres.

Por último, quien desee saber algo más acerca de Dewey y, sobre todo, verlo en acción, puede consultar las siguientes páginas web:

  Biblioteca Pública de Spencer
  Reportaje de la CBS
  Iowa Public Television 
  Recordando a Dewey 

Myron, Viky. Dewey: lee más libros. Madrid, Suma de letras, 2009.

El diccionario del diablo, Ambrose Bierce

Leire Frisuelos

Ambrose Bierce (Ohio 1842, México 1914?) es un singular escritor y periodista cuya desaparición en el México de Pancho Villa, aún hoy sigue despertando conjeturas de todo tipo (véase Gringo viejo de Carlos Fuentes). El viaje de este autor estadounidense al corazón del conflicto revolucionario, a la edad de setenta años, dice bastante del carácter y la forma de ver el mundo de este genial escritor.

Bierce se alista en las filas unionistas para combatir en la Guerra Civil Estadounidense con apenas dieciocho años. A su regreso se traslada a San Francisco, donde escribirá para diversos periódicos durante gran parte de su vida. Escritor prolífico, cultivó entre otros el relato, el género de terror, la crítica literaria y el editorial periodístico, siempre bajo la constante del humor negro, la irreverencia y la crítica mordaz hacia la política, las instituciones y las costumbres establecidas. Algunos de sus libros más conocidos son Cuentos de soldados y civiles, Fábulas fantásticas y El clan de los parricidas.

En la década de los ochenta comenzó a publicar en prensa semanalmente las ingeniosas definiciones que más tarde se reunirían bajo el título de El diccionario del diablo. En esta obra Bierce elabora una serie de definiciones personales en clave humorística, descarada y satírica elevando la lexicografía a la categoría de arte. A modo de diablo perverso, juega con un elemento objetivo por excelencia como es el diccionario, dislocando los significados o quizá mostrándonos su sentido más real:

alivio, s.: Despertarse temprano una fría mañana y descubrir que es domingo.
fugarse, v., prnl.: Verse llamado inesperadamente junto al lecho de un pariente moribundo y perder el tren de vuelta.
antipatía, s.: Sentimiento que inspira el amigo de un amigo.

Además del juego ingenioso y brillante, estos términos encierran una visión profunda del mundo y de la vida, oscura y misántropa a la par que rebelde y combativa. En este sentido llama la atención la actualidad de su pensamiento en lo relacionado con la política y el orden social y económico imperantes. Bierce se esmera en no dejar títere con cabeza y lanza sus dardos (casi siempre envenenados) hacia todos los rincones posibles, haciendo gala de su libertad creadora:

depósito, s.: Contribución caritativa para ayudar a un banco.
referéndum, s.: Ley que somete una propuesta legislativa al voto popular para dejar en evidencia la sinrazón de la opinión pública.
cualificación, s.: Ser primo del sastre del presidente.

Bierce es otro de esos autores especialmente gratos para El marcapáginas que consideran el humor y la sátira géneros literarios no menores, y cuyas obras elevan estos géneros a la categoría que les corresponde. La lectura de El diccionario del diablo así lo demuestra.

Ambrose Bierce. Diccionario del diablo. Ed. de Ernest Jerome Hopkins; trad. y notas de Vicente Campos. Barcelona: Círculo de Lectores: Galaxia Gutenberg, 2005.