Lectura fácil

Sonia Trol

Imagínense la historia de cuatro mujeres jóvenes que comparten piso en una ciudad como Barcelona. Ahora añadan que esas cuatro mujeres tienen distintos grados de diversidad funcional y que el piso donde residen está tutelado por la administración. Por último, incluyan el contexto actual de una Barcelona y, en correlación, una Cataluña marcadas por lo que se denomina “nueva política” y por el independentismo. Con estos ingredientes sorprendentes, Cristina Morales construye una novela donde no deja títere con cabeza.

Lectura fácil es una novela coral donde sus protagonistas rompen con todo tipo de normas sociales: son desobedientes, insumisas y nada dóciles. Su lectura es un reto para el lector que no se espera en ningún momento una crítica social tan ácida y rotunda.

Las protagonistas de este libro son Nati, Marga, Àngels y Patricia. Nati es bailarina y cuando tuvo el accidente que le provocó su discapacidad estaba estudiando en la Universidad. Sufre lo que ella denomina el “síndrome de las compuertas”, que podríamos describir como una especie de reacción fisiológica a alguna situación, suceso o conversación que no le encaja o no le gusta. En ese momento, comienzan a abrírsele las compuertas de la cabeza y no puede controlar su filosófica verborrea descriptiva de los comportamientos burgueses a los que identifica con el fascismo.

Nati es la creadora del fanzine que aparece en la novela, todo un alegato de incorrección política. Marga es la prima de Nati, tiene 37 años y una discapacidad intelectual del 66%. Sufre ataxia y tiene una sexualidad muy activa que roza la erotomanía; éste es el motivo de que su tutora, la Generalitat de Cataluña, pretenda esterilizarla de forma legal y a la fuerza.

Àngels posee el menor grado de discapacidad de las cuatro. Escribe una novela autobiográfica mediante WhatsApp y utiliza el método de Lectura fácil, un método pedagógico para enseñar a escribir a personas con dificultades de comprensión. Por último, Patricia es el personaje disciplinado de la novela. Ella es quien se encarga de mantener el orden en el piso tutelado donde viven y de seguir las normas que los servicios sociales les imponen.

Estos personajes cuestionan satíricamente todo el universo que les rodea: el sistema asistencial que les subsidia, el ejército de trabajadores sociales “cuperos” con los que tratan, los ateneos anarquistas a cuyas reuniones acuden y todo lo denominado “políticamente correcto”.

Lectura fácil es la tercera novela de Cristina Morales. Premio Herralde de Novela en 2018, es un libro difícil de clasificar y que sin duda hará que sus lectores se cuestionen muchos de sus comportamientos y convicciones.

Cristina Morales. Lectura fácil. Barcelona: Anagrama: 2018.

Encuentra esta novela en las bibliotecas de la UNED.

Imagen de cabecera: Unsplash

Claus y Lucas, de Agota Kristof

Claus y Lucas es una trilogía que Libros del Asteroide ha publicado en un único volumen, en una edición cuidada hasta el último detalle, algo a lo que nos tiene acostumbrados esta editorial de gusto exquisito.

La autora, Agota Kristof, nació en Hungría y con 21 años cruzó la frontera austriaca junto con su marido y un bebé de unos pocos meses. Se refugiaron en un pueblo de la Suiza francófona, donde comenzó a trabajar en una fábrica y a aprender una nueva lengua. Kristof es un caso de autora que empieza a escribir ya en la edad adulta, tras 30 años exiliada. La II Guerra Mundial, el totalitarismo, el exilio y la soledad marcan esta obra que hoy os proponemos.

Claus y Lucas es la historia de dos hermanos que viven su infancia durante la II Guerra Mundial y a los que acompañamos hasta su muerte. La primera parte de la trilogía, El gran cuaderno, tal vez sea la más de redonda. Se trata de una novela corta escrita con frases breves de estilo cortante y prácticamente sin adjetivos. La novela comienza cuando una madre deja a sus hijos, dos gemelos preadolescentes, en casa de su abuela, a la que nunca han visto, pensando que ahí, alejados de las batallas, sobrevivirán a la guerra. Los niños vivirán a partir de ahí una vida más parecida a un encierro en un campo de concentración que a una infancia en el mundo rural, una historia muy cruda de supervivencia llena de personajes amorales. La narración en primera persona del plural nos transmite la identificación de un hermano con el otro, como si Claus y Lucas no fueran gemelos sino la misma persona.

Con reminiscencias de su propia vida en un pueblo fronterizo de Hungría durante la ocupación soviética, la autora ha sabido tejer un impresionante relato en el que la ficción da cuenta de un mundo socialmente desintegrado.  Un ambiente de degradación moral empapa toda la novela. Los personajes están destruidos física y mentalmente, la guerra los ha arrasado y nadie sabe lo que significa la fraternidad y la solidaridad. Todos los personajes se vuelven miserables y crueles, y la violencia, el abuso físico y la lucha por la supervivencia flotan en el ambiente.

Cuando la guerra aún no ha acabado, uno de los hermanos cruzará la frontera, separándose para siempre los que eran uno. La prueba, la segunda parte de esta trilogía, continúa desde el instante en que Claus cruza la frontera. A partir de ahí parece que Claus ha desaparecido totalmente, emergiendo en torno a Lucas un puñado de personajes secundarios que serán los que cobren peso e importancia en la narración. No sabemos ya si Claus existía, si Lucas tenía un hermano o el primer diario era una ficción. Kristof logra confundir al lector a la vez que nos fascina con su juego literario entre lo real y lo inventado por uno de los hermanos. No será hasta La tercera mentira, novela final de la trilogía, cuando se desvele la identidad del narrador de La prueba.

Para aquellos interesados en seguir indagando sobre esta obra y su autora, os dejamos algunos enlaces:

Imagen de cabecera: John Vachon 

Madres hay más de una

La maternidad, ese gran tema que tantas horas de reflexión, terapia, películas, tratados antropológicos, etc., ha generado. La trascendencia simbólica de la figura de la madre, al igual que la del padre, nos ha decidido a recopilar una serie de novelas que de una u otra manera hablan de la maternidad. Tienen en común todas ellas que lo hacen desde un punto de vista diferente a la tradicional caracterización de la madre entregada y con un amor sacrificado e incondicional hacia el hijo.

portada_el-club-de-los-mentirosos_web2-500x775.pngEmpezamos con El club de los mentirosos, de Mary Karr. Aunque la autora de estas singulares memorias afirma que todas las familias con más de un miembro son disfuncionales, este peculiar libro demuestra que no todas lo son en la misma medida. En El club de los mentirosos es Mary la que cuenta, en base a sus recuerdos, desordenados e incompletos, cómo es crecer con una madre caótica, llena de matrimonios, secretos, alcohol y desorden. Con una narrativa muy ágil e ingeniosa, Mary ha escrito unas memorias más que recomendables en las que pasamos de la risa a la conmoción, sin rastro alguno de autocompasión. A pesar de todo lo vivido, El club de los mentirosos rezuma amor por todos los miembros de su disfuncional familia.

No ocurre lo mismo en Tierra madre, de Paul Theroux. Conocido principalmente por su literatura de viajes, en esta novela ajusta cuentas afectivas con su memoria familiar, particularmente con la gran protagonista: la Madre. La novela, con claros tintes autobiográficos, en la que el narrador, JP, parece encarnar a Theroux, escritor como él de literatura de viajes, nacido también en Massachusetts aunque con peor suerte, retrata a una mujer enigmática y cruel que manipula a su marido y a sus siete hijos.  Lejos de ensalzar la figura materna, se vale de la ficción para vilipendiarla, dibujando una madre despótica y controladora, que manipula la relación entre los hermanos, capaz de provocar el conflicto entre ellos y llevarlo hasta las últimas consecuencias, con el único propósito de mantener su poder en la familia. Al igual que ocurría en El club de los mentirosos, fruto de todo ello se producen situaciones entre los hermanos que llegan a la tragicomedia.

Nuestra siguiente recomendación es Beloved, de Toni Morrison, escritora estadounidense que recibió el Premio Nobel de Literatura en el año 1993. Durante la Guerra de Secesión estadounidense, una esclava afroamericana embarazada de su amo escapa junto a su otra hija de 2 años, dirigiéndose a Cincinnati. Tras una huida que dura 28 días, el amo de Sethe, avalado por la Ley de esclavos fugitivos, reclama su retorno. Ante la perspectiva de tener que regresar a la esclavitud y condenar a la misma vida miserable a su hija de dos años, Sethe opta por una decisión dramática que la acompañará toda la vida. Tras el final de la guerra civil, llevará una nueva vida como mujer libre. Sin embargo, los terribles recuerdos harán que no pueda enterrar el pasado, particularmente en lo tocante a su condición de madre.

Una maternidad afectivamente inexistente es la que vive Mary en El color de la leche, de Nell Leyshon, con respecto a su progenitora. Esta breve novela nos sitúa en la Inglaterra rural de 1830, donde Mary, la menor de cuatro hermanas y con una cojera, vive bajo el férreo yugo paterno junto a su madre y su abuelo. Despreciadas por ser hijas y no hijos, todas trabajan duramente en la granja familiar hasta que Mary es llevada a la casa del vicario para encargarse de la enferma mujer de éste. Allí descubrirá un nuevo mundo al aprender a leer y escribir. Este argumento que parece una historia ya leída, no lo es ni por su enfoque, ni  su narración, ni por la evolución de la historia. Contada en primera persona por la propia Mary a modo de diario o confesión, utiliza el lenguaje que emplearía alguien que no domina la escritura. Es una historia de miseria y lucha que consigue sobrecoger. La violencia será la respuesta ante los abusos acumulados de una vida de sufrimiento sin capacidad de elección.

Una novela de la que ya os hablamos en El Marcapáginas y que ahora recuperamos es El quinto hijo de la también Premio Nobel de Literatura en 2007, Doris Lessing. En ella encontraremos la evolución de una madre de familia numerosa cuya felicidad en su papel de esposa y cuidadora del hogar se ve completamente perturbada con el nacimiento del extraño quinto hijo.

Cerramos esta entrada sobre la maternidad con Tenemos que hablar de Kevin, de Lionel Shiver. Eva, la madre protagonista, reflexiona a lo largo de cartas dirigidas a su marido y padre de Kevin, sobre cómo era su vida previa a la maternidad; o cómo se sintió arrastrada a un embarazo casi ajeno por el deseo de él. Pero las mayores dudas comenzarán tras el nacimiento de Kevin, ya que una vez lo tiene en sus brazos no encontrará en sí ese amor entregado que se supone siente toda madre al tener a su lado a su hijo. Además, como en el caso de El quinto hijo, Kevin es desde el principio un bebé difícil, que se convertirá en un niño insensible y terminará convertido en un adolescente asesino. A través de las reflexiones de Eva, la autora nos hará cuestionar la maternidad feliz obligada, o la plenitud que debe suponer la llegada de un hijo; pero también cómo se forja la mente de un sociópata y el problema de la violencia y el acceso a las armas en EEUU.

Morir en primavera, Ralf Rothmann

Mirella García Lucas

Pocas guerras han sido tan documentadas por escrito, desde la ficción o el testimonio, como la Segunda Guerra Mundial. No obstante la famosa cita de Adorno en la que ponía en duda la posibilidad de la poesía después de Auschwitz, la palabra ha sido uno de los medios más utilizados para testimoniar, describir y denunciar el horror y la destrucción que supuso la que es, hasta hoy, la guerra más mortífera de la historia, con un coste estimado de entre 50 y 85 millones de víctimas, en su mayoría civiles.
Pero en el mosaico literario que recoge las diferentes miradas sobre la Segunda Guerra Mundial – en el cual destaca la llamada literatura concentracionaria, con las obras imprescindibles de Primo Levi, Elie Wiesel o Imre Kertész – escasean aquellas obras que retratan el conflicto desde el punto de vista del lado perdedor, los alemanes, que además tuvieron que cargar con la responsabilidad moral de haber dado inicio a toda la barbarie.
El periodo nazi ha sido una fuente de conflictos y controversia en la historia reciente de Alemania y de los alemanes, que a menudo han mostrado su intención de romper con el pasado sepultándolo bajo una capa de culpa, de vergüenza y de silencio. Un silencio que poco a poco se va rompiendo a medida que las nuevas generaciones, aquellas que no vivieron la guerra de una manera directa, empiezan a escarbar en ese pasado sepultado en respuesta a su necesidad de recuperar y entender sus orígenes.
Y es a esta necesidad a la que responde Morir en primavera, la primera novela traducida al castellano del autor alemán Ralf Rothmann (recientemente, Libros del Asteroide también ha recuperado otra de sus anteriores obras, Luz de juventud). Nacido en 1957, él mismo pertenece a aquella generación cuyos padres vivieron la guerra pero optaron por no hablar de ella. “El silencio, el rechazo absoluto a hablar, especialmente sobre los muertos, es un vacío que tarde o temprano la vida termina llenando por su cuenta con la verdad “, son las primeras – y significativas – palabras de esta obra. El enigma y el dolor que se esconden tras la figura paterna se erigen en símbolos de toda una generación de alemanes que decidieron erradicar todo un período de sus vidas.

arton1878-1a363Morir en primavera tiene una estructura literaria inusual. Envuelven la trama central una introducción y un epílogo en los que un narrador anónimo en primera persona – que en momentos se insinúa que es el autor mismo, Rothmann, cosa que confiere un emotivo tinte autobiográfico a la novela –habla de sus padres, y en especial de su padre, un veterano de la Segunda Guerra Mundial que combatió en el ejército alemán cuando no era más que un adolescente. El padre del narrador es un hombre de clase obrera, trabajador y comprometido ideológicamente, pero al mismo tiempo taciturno, que – en palabras del narrador –

“pasó la vida sumido en un silencio que nadie quiso compartir con él […]. La suya era la gravedad de quien había visto cosas terribles, que sabía más de la vida de lo que era capaz de explicar; sospechaba también que, aunque dispusiera de palabras para expresarlo, no existía redención posible”.

Ni las preguntas más directas del hijo rompen su silencio, y es solo en su lecho de muerte que regresa a la guerra que tanto marcó su vida.

La parte central del libro, en cambio, nos cuenta la historia de Walter, un chico granjero que todavía no ha cumplido los dieciocho y trabaja en una explotación lechera en el sur de Alemania. Está enamorado de una chica, Lisbeth, y vive ingenuamente convencido de que no le tocará ir al frente. Es el invierno de 1945 y la derrota de Alemania parece inminente. Pero, en los últimos estertores de la contienda, Walter y su amigo Fiedrich (Fiete) son reclutados a la fuerza por las SS y enviados al combate para demostrar su lealtad a la patria. Serán así testigos de una serie de atrocidades que les marcarán la vida para siempre.
Como la mayoría de las buenas novelas sobre la guerra,  es una obra profundamente antibelicista. En su periplo por el frente alemán, Walter se enfrentará al sinsentido y al profundo horror que supone todo conflicto bélico: la crueldad injustificada contra la población civil, la carnicería de las batallas, la deshumanización de tus semejantes, la normalización y la banalidad del mal. Destaca el episodio en que un matrimonio de molineros ancianos y su vecino son ajusticiados por su presunta colaboración con los partisanos de la zona. Walter siente rabia e indignación ante este hecho, pero no se rebelará nunca de manera explícita contra sus superiores. En este sentido, Rothman establece una clara diferencia entre el protagonista y Fiete. Walter no es muy instruido pero es un muchacho sensato, que no siente afinidad por el régimen nazi pero no desobedece las órdenes por muy en desacuerdo que esté con ellas, porque considera que hacerlo será contraproducente tanto para él como para sus compañeros de penurias. Representa así, en cierta manera, a toda una generación de alemanes que se tuvo que enfrentar a una situación que los superaba y hacia la cual solo supieron reaccionar con obediencia y resignación. En cambio Fiete – más intelectual e inquieto que Walter – intentará desertar del ejército, y pagará las consecuencias de su rebeldía. La contraposición entre los dos personajes marcará el acto central de la novela en una alegoría desgarradora del enfrentamiento fratricida que supone siempre un conflicto armado.
Morir en primavera es una obra hermosa y terrible al mismo tiempo; retrata en toda su intensidad la atrocidad de la guerra y sus consecuencias. Cuando la guerra “real” se acaba, para Walter empezará otra, tal vez más terrible: aprender a vivir con su legado, enfrentarse a aquello que hizo (o no hizo) cuando estaba en el frente. Walter sobrevive a la batalla intacto físicamente, pero el mundo que conocía ha desaparecido y él nunca volverá a ser el chico ingenuo que fue ni tampoco será el hombre que pudo haber sido. Porque, como la historia de Walter y Fiete demuestra, hay muchas maneras diferentes de perecer en una guerra, y no todas significan necesariamente morir en un sentido literal.

Imagen: JTPhotographe