Highsmith cumple 100

Había puesto fin a una vida. Más nadie sabía qué era la vida, todo el mundo la defendía, era lo más valioso, pero él había arrebatado una. Aquella noche había tenido noción del peligro, de que le dolían las manos, del temor a que ella hiciese ruido, pero en el instante de sentir que la vida se le escapaba a la víctima, todo lo demás se había borrado y sólo le había quedado la realidad, la misteriosa realidad de lo que estaba haciendo, el misterio y el milagro de poner fin a una vida. La gente hablaba del misterio del nacer, del principio de la vida. ¡Pero eso era muy fácil de explicar!

Extraños en un tren (1950)

Se cumplen cien años del nacimiento de la escritora de novela negra Patricia Highsmith (1921-1995). Su obra se caracteriza por retratar personajes que hacen de la mentira su forma de vida. En estos tiempos sobresaturados de información y en los que discernir la verdad de la mentira en ocasiones es una proeza, sus libros son especialmente sugestivos. El otro tema sobre el que se basa gran parte de sus libros es que cualquier persona puede convertirse en un asesino o en una víctima, dependiendo de las circunstancias: una idea perturbadora.

Su primera novela, Extraños en un tren (1950), que reescribió por consejo de su amigo Truman Capote, reúne los dos temas: dos personas que viajan en el mismo vagón de un tren, aparentemente normales, aunque uno de ellos es un auténtico psicópata, se cruzan en el viaje y sus vidas cambian para siempre. Hitchcock compró los derechos del libro nada más leerlo y encargó su guión a Raymond Chandler.

Su segundo libro, El talento de Mister Ripley (1955) , inicia la leyenda de su personaje más famoso: Tom Ripley, un estafador, mentiroso, asesino y sexualmente ambiguo que fascina a sus lectores por su falta de ética y su irresistible atractivo psicológico. Adaptada al cine con el título A pleno sol (1959) por René Clément y protagonizada por un Alain Delon que se convierte en el seductor y magnético cazafortunas Tom Ripley, es probablemente la mejor adaptación llevada al cine de la novela de Highsmith, en la que sobresale la música de Nino Rota. Posteriormente también fue llevada a la gran pantalla con su título original por el director británico Anthony Minghella, y protagonizada en este caso por Matt Damon. Otras novelas de esta serie son El juego de Ripley (1974), que comienza con una frase que en boca de Tom Ripley parece toda una declaración de intenciones: “el crimen perfecto no existe”. La versión para el cine se tituló El amigo americano (1977) y fue realizada por el director alemán Wim Wenders, quien planteó una cuidada fotografía y puesta en escena. El protagonista fue Dennis Hopper, que consiguió un Tom Ripley amenazador y oscuro.

Más tarde la italo-estadounidense Liliana Cavani, dirigió una nueva versión de El juego de Ripley, con John Malkovich de protagonista. La máscara de Ripley (1970) , Tras los pasos de Ripley (1980) y Ripley en peligro (1991) completan la serie de este personaje fascinante y turbador. Pero la obra de esta maestra de la novela negra, que llegó a decir que “la vida no tiene sentido si no hay delito en ella”, no se limitó al personaje de Ripley. Escribió novela, libros de relatos e incluso un ensayo Suspense (1966), donde muestra el proceso de creación de una novela de intriga.

En 1952 publicó la novela El precio de la sal bajo el pseudónimo de Claire Morgan. El libro narra la historia de amor de dos mujeres, una joven vendedora de unos grandes almacenes y una mujer casada de clase alta. Fue el primer libro en el que se contaba una historia abiertamente lesbiana, cuyo final no acababa en tragedia. En esta novela no hay asesinatos ni violencia física pero sí la sensación de que en cualquier momento algo terrible va a pasar. Highsmith comparte con la joven protagonista de la novela, Therese, la sensación de abandono y rabia. Su personaje crece en un orfanato mientras que la propia autora tuvo que pasar parte de su infancia con su abuela alejada de su madre. El personaje de Carol está inspirado en la relación que mantuvo con Virginia Kent, una divorciada a la que le arrebataron la custodia de sus hijos. El libro se volvió a publicar en 1990, pero esta vez con el título de Carol y con el verdadero nombre de la autora. En 2015 el director británico Todd Haynes adaptó la novela para el cine. Su puesta en escena es elegante, con una fotografía a cargo de Ed Lachman que recrea el Nueva York de los años cincuenta con una visualidad magnética. Todd Haynes consigue una película estéticamente impecable, de una belleza abrumadora, que hace del excelente trabajo de Cate Blanchett y Rooney Mara su broche de oro. Una película tan deslumbrante como bella.

Otra de sus novelas es Crímenes imaginarios (1965), donde un matrimonio de artistas que vive en el campo, cuya relación está bastante deteriorada, decide separarse. A partir de ese momento, lo que era una relación anodina e incluso vulgar se convierte en una historia de suspense. Su último libro, Small g: un idilio de verano (1995), se publicó un mes después de su muerte. Comienza con el asesinato de un joven a la salida de un cine en Zurich, complicándose la trama con una serie de personajes que gravitan en torno al café y restaurante Jacob’s, que aparece en las guías para homosexuales con una g, lo que significa que es un lugar gay, aunque no exclusivamente.

Highsmith escribió también 38 cuadernos y 18 diarios donde anotó su visión acerca de distintos temas: sus sentimientos contradictorios hacia su madre, con la que tuvo una relación llena de desencuentros, sus problemas con el alcohol, su antisemitismo, su racismo y su homofobia, a pesar de ser lesbiana. Cien años después de su nacimiento nos queda la obra de una escritora controvertida, capaz de contar historias asfixiantes, con personajes moralmente ambiguos, que la han convertido en un referente de la novela negra del siglo XX. Una escritora que vivió rodeada de gatos y caracoles en un pueblecito de Suiza, donde Tom Ripley se ocultaba a pleno sol.

Imagen de cabecera: Fotograma de Extraños en un tren

La fiebre negra, Andrea Barrett

Leire Frisuelos

fiebreEl descubrimiento de La fiebre negra, de Andrea Barrett (Boston 1954), ha supuesto para mí, tras una época de abstinencia lectora, un feliz reencuentro con la ficción. Ganadora del National Book Award  en 1996, la obra ha sido publicada por primera vez en castellano por Nórdica, a comienzos de este año.

En los ocho relatos que componen el libro, la ciencia se emplea como un hilo para tejer historias. Temas habituales en literatura como las relaciones de pareja, la llegada de la muerte o el papel de la mujer en una sociedad de hombres se desarrollan en torno a la ciencia como nexo de unión, o mejor dicho, en torno al amor por la ciencia (Barrett es bióloga además de escritora, y se nota).

Algunos de los relatos tienen por personajes a Mendel, Linneo, Darwin o Humboldt. En ellos, la autora consigue que el lector se apasione con el transcurso de sus investigaciones, ya se trate de la hibridación del guisante o de descubrir si las golondrinas hibernan bajo el agua en invierno. Pero también que empatice con su lado más prosaico, el que les iguala al resto de las personas, como en el caso de Linneo enfrentándose a sus fantasmas pocas horas antes de morir.

Barrett perfila con acierto historias y caracteres a partir de nombres archiconocidos que, para algunos, se reducían a una entrada en la enciclopedia. Como sucede en la novela histórica, a la que la autora americana ha dedicado parte importante de su obra, desarrolla una ficción -sólida y cohesionada- basada en personajes reales. Otras de las historias, las situadas en época más reciente, están protagonizadas por personajes anónimos relacionados con la ciencia de una manera u otra.

Además del nexo científico, las relaciones cruzadas entre personajes de distintas historias, como actores que entran y salen de escena, hace que los relatos formen un conjunto con sentido. El protagonista de un relato de unas páginas atrás aparece de pasada en el siguiente, en el que es objeto de conversación o tiene una función secundaria. Así, se da una lectura cerrada a nivel del relato, y otra panorámica que permite observar desde arriba el conjunto de la obra.

No es posible hablar de La fiebre negra sin mencionar el carisma de los personajes femeninos. Son en muchos casos mujeres del XIX que adoptan el conocimiento como un modo, -el único, probablemente- de escapar del papel de sobra conocido que los hombres les habían reservado. Ellas sienten pasión por esa actividad que realizan los hombres fuera de su vista. Tienen afán por experimentar, establecer y refutar hipótesis y ser, de esta manera, libres, aunque tengan por ello que pagar el precio del aislamiento y la marginación.

La fiebre negra, Andrea Barrett, trad. de Magdalena Palmer. Madrid: Nørdica Libros, 2008.